sábado, 14 de septiembre de 2013

Capítulo 4 - Siete blancos.



       Los rayos del Sol me han cegado por completo, iba andando andando con un brazo sobre mi cara, tapaba mis ojos y con el otro brazo hacia delante para no caerme y guiarme hasta recuperar la vista. En ese momento me topé con algo y abrí los ojos del todo. El escenario era algo inimaginable. Estaba todo lleno de escaleras de piedra en todas las direcciones. Cada quince escalones, más o menos, había un hueco con una ballesta, una aljaba y muchas piedras alrededor. En el centro donde se juntaban todas las escaleras, se encontraba una pequeña jaula con un bote de material cristalino lleno de telas y hojas curativas. Al final de las escaleras, en cada una de ellas, se veía una antorcha encendida, rodeada por un pequeño muro de barro, para así no caerse. Una vez recompuesto, cada luchador nos pusimos en un de los huecos de las escaleras. El agujero me lo imaginaba mucho más profundo, apenas me daba para cubrirme, la cabeza no me la podía ocultar ni en broma. Pude ver cómo todos los combatientes se ponían nerviosos. Uno de ellos no paraba de apilar las piedras una y otra vez hasta que cayó al suelo por una flecha de ballesta en todo el ojo; desapareció en las escaleras.


-¡BOOOOOOOOOOM!


<<¿Qué ha sido ese ruido?>>


Podía ver perfectamente que uno de los jueces del combate tocó un platillo metálico gigante justo al caer el primer muerto. Me supuse que sería una forma de señalizar que ya ha caído uno de los siete que éramos allí. No paraba de escuchar pisadas, cada vez eran más fuertes, no podía parar de pensar de dónde provenían hasta que un hombre se me abalanzó sobre mí. Doblé la pierna derecha, la puse en su estómago y lo lancé fuertemente por los aires. Un instante después, intentó darme con un hacha pequeña que tenía en su mano derecha, rozándome la nariz, hasta tal punto que noté una pequeña brisa pasando por mi cara. Mientras él caía, cuatro flechas le impactaron en el torso.


-¡BOOOOOOOOOOOOM!


Aprovechando que todos estaban centrados en él y que las ballestas tardan mucho tiempo en volver a cargarse, salí corriendo de mi lugar, con el arma de distancias en mi mano izquierda, apreté el gatillo y acabó impactando en el cuello de uno del negro que había en el lugar de mi derecha. Fui directo hacia él para asestarle un hachazo en la mandíbula. Vi cómo la cabeza se le separaba en dos, usando como fronteras los dientes superiores y los inferiores.


-¡BOOOOOOOOOOOOM!


Me tumbé en el suelo, mirando hacia la derecha, ya que en esa circunferencia de escaleras, no había nadie a mi izquierda que pudiera atacarme. Una flecha me dió en el hombro izquierdo, no sabía qué hacer. Vi sonreir a un hombre con un montón de barba que me miraba mientras volvía a cargar su arma. De repente, me fijo en que otro hombre salta con una antorcha en la mano desde todo lo alto del escenario, cayendo encima del barbudo, a la vez que le metía la antorcha por la boca. Le hizo caer de frente, atravesando el cráneo con el trozo de madera a causa del impacto.


-¡BOOOOOOOOOOOOOOOOOM!


Cada vez que sonaba ese maldito golpe en el escenario, me daba un susto tremendo, miraba para todos lados por si había alguien apuntándome. Me escondí en el hueco del muerto rápidamente para que no me viera el hombre de la antorcha. Mis pulsaciones aceleraban por momentos. Partí la flecha clavada para que así no me estorbe tanto a la hora de combatir. Puse a cargar las dos armas lanza flechas por si venía alguien por sorpresa, matarle en el acto. Volví a escuchar otra vez, pero esta vez se alejaban, como si bajaran hacia abajo. Asomé la cabeza, no podía creerlo. El asesino de antes estaba bajando a toda velocidad, en la mitad de la escalera pegó un salto y lanzó un hacha hacia la cabeza de una mujer, que estaba combatiendo. Ella esquivó el ataque fácilmente, mientras que el hombre no corrió la misma suerte; cayó directo en el tarro cristalino, acabando estampado contra el suelo, sin moverse, creando un enorme charco de sangre.


-¡BOOOOOOOOOOOOOOOOOM!


<<¿Qué cojones hace una mujer aquí? Se supone que ésto es un torneo solo para hombre. No puedo matar a una mujer, está en contra de mis principios. Si la matara, seguramente todo el público dejaría de apostar por mí y perdería mucho dinero; pero si no lo hago…>.


Justo me pasó una flecha rozando mi nariz, cuyo roce me hizo una herida.


-La próxima vez no fallaré, te lo prometo.- Me dijo con cara de prepotencia, alzando la mano en la que sostenía un cuchillo arrojadizo.


-No creo que haya próxima vez…


Al momento de decir esas palabras cogí una de las piedras y se la lancé con todas mis ganas, impactando de lleno en su frente. Apenas un segundo después, cayó de espalda, tiñendo de rojo su pelo corto y rubio.


-¡BOOOOOOOOOOOOOM!


Fui corriendo hacia abajo, me saqué el trozo de flecha, notaba cómo crujía la herida y salía sangre a más no poder. Pude salvar un trozo de tela que había seco, lo cogí y me tapé la herida con él.


En el momento en el que salí de allí, me puse a pensar sobre cómo estará Reginam. Iba hacia casa pateando piedras cuando de repente vi a un nuevo objetivo, el portavoz del partido. Era un señor obeso, con ropajes dorados y sandalias muy gruesas para así soportar su peso. Llevaba un bastón de marfil tallado, el cuál tenía un mango en forma de puño. Me aseguré de tener la daga en el cinturón, oculta por la chaqueta. Sabía perfectamente que tendría que tener mucho más cuidado que antes, estaba sin la ropa de monje y me podrían identificar; pero no podía dejar pasar de largo una oportunidad como ésta.


Me dirigí hacia él, le toqué el hombro y se giró.


-Señor, necesita venir conmigo, es una situación de vital urgencia.- Le miré preocupado, indicándole el camino que debía seguir.


-¿Qué dice usted? ¿Quién es?- Me miraba extrañado y con desprecio, como si fuera un humilde campesino.


-Señor, soy un vecino suyo. ¡Su casa está ardiendo y su mujer está dentro!- Cada vez le tiraba más del brazo para que me siguiera.



-¿Cómo es eso posible? Si mi casa es muy segura.


-No tengo ni idea, solo sé que está ardiendo y que me pidieron que le buscara urgentemente.


Empezó a seguirme corriendo con tal de llegar cuanto antes a su casa. En el momento que la calle se quedaba sin apenas gente, le empujé con el cuerpo, haciéndole caer hacia una calleja. Al estar en el suelo sin poder levantarse, cogí la daga y se la clavé en todo el ojo, para que así muriera en el acto, para no provocar ningún ruido. Le dí la vuelta, le rajé la espalda con el símbolo del peón y le robé el dinero que tuviera en la cartera. No supe cómo lo hice, pero esta vez ni siquiera me manché de sangre. Me largué corriendo por las callejuelas de Másingber.


No me podía imaginar todo lo que estaba pasando, cada vez todo se volvía más peligroso: Las calles se vigilaban muchísimo más, había gran cantidad de guardias, ya no hacían cosas fuera de la ley por miedo a ser asesinados ellos mismo. Todos los pregoneros difundían mis obras, todas las muertes de los peones, incluso diciendo sus nombres. Al llegar a casa, vi como Reginam estaba muy preocupada, estaba sentada en una silla, con los codos apoyados en sus rodillas, mirando al suelo, como si estuviese llorando. Al verme entrar, me abrazó.


- Ten cuidado, me he hecho daño el hombro.- Al oirme se apartó de mí rápidamente, me miró la extremidad y fue a buscar vendas.- ¡Eh! Estate quieta, ya estoy vendado, no te preocupes, es una herida pequeña, nada fuera de lo normal.


- ¿Pero cómo ha ocurrido? Sabiendo lo bestia que eres, no me extraña que hayas salido herido.- Me miró con cara burlona y se fue yendo a la cocina.


- Pues hoy en el Coliseo me dieron un flechazo, pero no me afectó mucho, ni siquiera llegó a darme en el hueso, así que estoy bien. Ah, y ha caído otro peón ya solo quedan cinco.


- Ahí te equivocas, van cuatro.


- ¿Cómo van a ir cuatro? Si solo he matado dos y tú a uno.


- Que no, que hoy en el mercado he aprovechado que uno de ellos estaba meando para poder cortarle el cuello y hacerle la marca.


- ¿Estás tonta? Sabes de sobra que te dije que no salieras, que te podrían descubrir. Además has matado a uno tú sola en un lugar donde hay muchísima gente y estás herida… Si alguien nos oyera, no nos creería jamás.- Me llevé las manos a la cabeza como reacción por la desesperación tan grande a la que me sometía.


- Lo importante es que estoy bien ¿no? A lo mejor soy yo aquí la loca.


- No mujer, pero entiéndeme, me he asustado muchísimo. Si te llega a pasar algo, todo se hundiría y lo peor: Tú morirías.


- Bueno, lo pasado, pasado está. Ahora me voy a poner a hacer la comida, y tú estás empapado de sudor, mójate un poco.


Me fui a la terraza, cogí uno de los jarrones que tenían agua de lluvia y me lo eché por encima, estaba muy fría y lo primero que hice fue coger una manta secarme rápidamente. Desde aquí podía ver que la ciudad estaba ajetreada y asustada, toda la calle olía a los guisos de los puestos ambulantes. Me metí dentro

.



, me tumbé en la cama de paja y me puse las manos detrás de la cabeza mirando al techo.


<<Este maldito mundo se me hace grande, demasiado grande. El no saber si voy a morir esta noche, mañana o quizás al final de este juego me deja inquieto. Todo ésto es arriesgar a poder vivir junto a libertad… Pero ¿merece la pena tanto esfuerzo de dos personas para que lo saboreen otras muchas? Esta ciudad no tiene ni pies ni cabeza, todo debe de empezar a reconstruirse, empezando por los corazones. Si al menos tuviera más ayuda o apoyo, en vez de estar escondidos como ratas en las alcantarillas de las calles más ocultas>>.


-Jezuz, despierta, dormilón.- Ella estaba agitándome para que pudiera abrir los ojos.


<<Joder, otra vez me he vuelto a quedar dormido en la cama, tantos días así me matan. El cansancio me puede>>.


-Venga, ya tienes la comida lista, y recuerda: “Esta noche deben caer dos”.- Me guiñó un ojo y se fue por el pasillo.


-Pero una cosa, necesito comer mucho para tener energía suficiente ¿eh?- Le dije riéndome mientras me levantaba de la cama.
Estuvimos mucho rato comiendo, en la mesa había multitud de comida: Una vasija enorme con conejo y patatas hervidas, dos jarras enormes con hidromiel, verduras fritas con carne y cebolla al caramelo. La boca se convertía en agua con oler la habitación, además, la luz de las velas dejaba un escenario perfecto para comer, no se podía estar más agusto en ese lugar. Al terminar, lavamos todo y yo me dispuse a vestirme con el traje de monje, que al dejarlo en remojo, las manchas se le fueron, por lo que se podía usar de nuevo sin ningún problema. Miré por la ventana, no había ni siquiera un alma en la calle. Salté.

martes, 3 de septiembre de 2013

Capítulo 3 - Dos fuera del tablero


    En el momento en que vi su cara sonriéndome de esa manera tan enigmática, me di cuenta de que hizo bien su trabajo, aunque le hubiera costado mucho. Lo cual se veía reflejado en la gran cantidad de sangre que había por la casa. Al darme cuenta de que ella estaba apretándose el hombro derecho con su mano izquierda, entendí que salió dañada. La cogí en brazos y la tumbé sobre una mesa que había en la habitación más grande de la casa, dónde se cocinaba. Saqué rápidamente una caja en la cual había unas agujas y unas cuerdas muy finas, empecé a coserle la herida que tenía. Era profunda y saltaba a la vista la cantidad de sangre que expulsaba, se podía ver incluso parte del hueso. Reginam no paraba de gritar y de arañarme la espalda como método de desahogo, cogí una tela vieja y se la puse en la boca, para que así no gritara tanto y pudiera morderla. Al terminar con la herida, la llevé a los baños para que así pudiera lavarse todo el cuerpo. Le quité todos los ropajes, los cuales estaban teñidos de rojo a causa de la sangre. Su cuerpo era divino, el que cualquier otra mujer pudiera desear. Era una chica de piel blanca, tenía una marca con tinta en la cadera izquierda, con forma de flecha ardiendo. Su pelo tapaba su seno izquierdo, mientras el derecho estaba al descubierto. Sus piernas eran esbeltas, sin pelos, hasta llegar a su entrepierna.

- ¡Jezuz! – Me dijo mientras se tapaba el cuerpo como ella misma podía con sus brazos.- No me estarás viendo nada indebido ¿verdad?

- No, por Dios, yo sé qué debo hacer y en qué momentos. No seas así, además, tú no puedes bañarte sola con esa herida.-Le dije extendiéndole la mano para introducirla en la cúpula del suelo llena de agua. – Déjame ayudarte.

Se metió en el agua, se veía que estaba muy caliente ya que se podía ver que echaba bastante vapor todavía. Cuando se tumbó totalmente, cogí una esponja marina, le puse varios geles para la piel y empecé a restregárselo por toda la superficie de su cuerpo. Gemía de dolor cuando pasaba la mano cerca del hombro en el que tenía la herida.

<<Esta chica se va a quedar sin poder hacer nada durante unos días, creo que voy a tener que encargarme yo de varias muertes de los “peones”>>.

Al salir de la ducha, la dejé en la cama, me fui a la cocina y le preparé una sopa de verduras caliente para que le venga bien al cuerpo y así descanse. Cuando llegué a la habitación, ella estaba dormida, no quise despertarla, así que le dejé el cuenco en la mesa, para cuando se despertara. Puse en agua los ropajes de monje que llevaba Reginam, gracias a que me imaginaba que esto pasaría alguna vez, tenía otro ropaje guardado en los muebles. Me lo puse y salí a la calle con Venator Córdibus en el cinturón, tapada con una capa que tenía esta prenda de vestir. Me dirigí a la calle de los canales, conocida porque allí hay una taberna en la que siempre van una pareja bastante peculiar: el líder del partido político que gobierna en la ciudad y su mujer. Una vez allí, abrí la puerta y vi que la taberna olía a sudor y el ambiente estaba lleno de humo por los fumadores que había. Todas las mesas estaban abarrotadas de mercaderes borrachos y de hombres desesperados hablando con lumias para contratar sus pueriles servicios. Toda la pared estaba pintada de un color blanco amarillento. Se podía diferenciar dos partes de la taberna, una era el piso bajo y otra era el piso superior, los cuales estaban unidos por unas escaleras de madera que había a la izquierda del local. Me senté en la barra, me pedí una jarra de hidromiel y busqué con la vista a mi primer peón. No lo encontraba, pero al girar la cabeza, vi que estaba sentado justo a mi derecha, llorando. Tenía la cara rojísima y sus mejillas estaban muy infladas. Tenía una barba muy descuidada y un sombrero negro que le cubría toda la cabeza. Al traerme la copa, quiso entablar una conversación.

- ¿Qué hace un monje en una taberna como ésta a las tantas de la noche y bebiendo alcohol? – dijo tambaleando su brazo izquierdo intentando indicarme.

- A decir verdad, es muy raro que alguien como yo esté aquí. Pero a veces, la vida que llevo `puede ser muy estresante, pero un descanso no viene nunca mal ¿verdad? – Le dije alzando la jarra para hacer un pequeño brindis.

- Ahí lleva usted razón.

- Bueno señor, dígame por qué llora, no es normal ver a alguien como usted en un estado como éste.

- No soy ningún señor ni nada por el estilo. – Empezaron a caer lágrimas de sus ojos, otra vez. – Si fuera alguien respetable como dice, no le habría sido infiel a mi mujer, se ha enterado y ya no sé dónde está. – Se pasó la manga de su abrigo por los ojos para quitarse las lágrimas.

- Si quiere, podemos salir afuera, dar un paseo y hacer que se relaje un poco. No creo que una taberna sea un buen lugar para desahogarse sin hacer nada productivo.

Salimos los dos de la taberna por la puerta de delante, empezamos a andar por las calles, las cuales se iban oscureciendo más y más al paso del tiempo.

- Nunca pensé qué llegaría a tener que contarle mis problemas a un monje. Es que no soy religioso, no creo en dioses ni nada parecido, sino que cada uno obtiene lo que realmente merece.

- Eso no es algo que me pille por sorpresa, cada vez hay más gente que critica la religión y las creencias de los demás. Pero no hemos venido a hablar sobre eso. Dígame ¿cómo ocurrió todo?- Le dije indicándole con el brazo para girar hacia la derecha a un callejón aún más oscuro.

- Bueno pues verá…

Al llegar al callejón, le agarré el cuello con la mano izquierda, apenas le dio tiempo a pronunciar unas palabras. Cogí la daga y se la clavé entera por la nuez que hay por la garganta. Cuánto más intentaba respirar, más sangraba por la boca. Nada más le saqué el filo del cuello, lo tiré al suelo de espaldas, le rajé la barriga con forma de una hache. Le abrí en canal y le saqué el corazón. Podía notar cómo la sangre chorreaba por mis brazos, le abrí la boca y le metí el órgano en su boca, para que así se coma sus sentimientos de una vez. Le di la vuelta al cuerpo del ser inerte, le rompí las prendas para ir rasgando fuertemente su espalda y dibujarle la ficha. Notaba que la grasa de su cuerpo se iba separando al hacerle la hendidura en la piel con el metal. Mi brazo se cansaba de tener que usar tanta fuerza para partirle la piel. Justo cuando terminé, limpié la hoja en una de las prendas y salí corriendo entre los callejones oscuros de la ciudad hasta llegar a mi hogar. Abrí la puerta y me la encontré dormida, sentada encima de una silla, con los brazos cruzados. Seguramente estaba esperando a que yo llegara, ya que se levantaría y no me encontraría allí. La cogí con mis brazos y la llevé a la cama por segunda vez en esta noche, se despertaba a causa del movimiento y movía un poco los párpados, pero su cansancio podía con ella y se dormía al instante. La arropé con las mantas y me quité toda la ropa, exceptuando la de interior, para descansar. Me acosté a su lado de un pequeño salto, al cubrirme, su mano, de piel suave; se movió lentamente hasta quedar quieta en mi mejilla. En ese instante apagué las velas que iluminaban la habitación y me dormí.


- ¡Joder, Jezuz! ¿¡Qué coño hiciste anoche!? – Me desperté fuertemente y la vi a ella mirando el traje que me puse anoche. – ¿A quién has matado sin yo saberlo?

- Tranquila, mujer. – Le indiqué que se calmara bajando la mano suavemente.- Ayer salí mientras estabas dormida e hice caer a otro peón.

- Eso es otra ¿por qué te fuiste de aquí sabiendo que yo estaba sola en la cama y pudo venir cualquiera y robar? – Reginam estaba histérica, no hacía más que ponerse las manos en la cabeza, como signo de frustración.

- No seas tan dramática, joder. Tampoco ha sido para tanto, además, este barrio es muy seguro, nunca podrían robar.- Yo hablaba con un tono muy calmado intentando tranquilizarla, pero parecía imposible. – Sin contar que esta es mi casa y puedo hacer lo que me apetezca, para ello soy un adulto. Creo que deberías de darme las gracias por haberte curado, en vez de echarme la bronca por haber hecho parte del trabajo que tú no puedes realizar ahora mismo.

- Bueno, ahí llevas razón, pero… Es que me preocupé mucho anoche, creí que había pasado algo grave, ya que no te vi al despertarme. – Agachó la cabeza y se tiró en la cama. – Perdona, de veras. – Me besó en la mejilla y me dio un abrazo.

- Anda, no pasa nada, ha sido un simple sofoco mañanero, total, uno más o uno menos.

Me levanté de la cama, me duché con agua fría para así despertarme totalmente, me hice un desayuno bastante abundante y nos pusimos los dos en el salón.

- Como bien entenderás, no puedes hacer ningún asesinato hasta dentro de un par de días, como mínimo. Pienso que lo mejor será que mate yo por la noche y tú te quedes haciendo las tareas domésticas de la casa por la mañana. – Me miró bastante decepcionada, abriendo parte de su boca. – Pero solamente hasta que te mejores lo suficiente ¿vale?

- Sé qué es duro, pero vale. Intentaré controlarme las ganas de matar cabrones por esta ciudad sin remedio ninguno, excepto la fuerza de voluntad. – Apretó el brazo y el puño tan fuerte que hizo tensión en su hombro y empezó a quejarse un poco del dolor.

- Por cierto, cuéntame cómo acabaste herida anoche.

- Pues verás… Ayer, mientras tú combatías en El Coliseo, yo me fui a la Plaza de la Fuente. Estuve esperando en un banco a que mi objetivo fuera a comprar al puesto de manzanas que hay allí; como cada día. Hice cómo cualquier persona que fuera a comprar manzanas, le dije al oído: “sígueme, tengo algo para ti”. Entonces, él me miró extrañado, no sabía quién era ni lo que le deparaba. Fui andando a un paso rápido, haciendo creer que rezaba, me metí en uno de los huecos que hay por la plaza, le fui a degollar rápidamente, pero me agarró la mano derecha muy fuerte, con su otra mano, empezó a arañarme por todo el cuerpo. Sin saber cómo, le dio la vuelta a mi puñal, lo empujó hacia mí y me lo clavó en el hombro. No pude aguantar mucho más, así que le di un rodillazo enorme en la entrepierna. Ya sí que le pude cortar el cuello. A los pocos segundos de asegurarme de qué estaba bien muerto, le hice la marca en la espalda. Al no poder sostener el peso de su cuerpo, lo oculté tras varios cubos de paja, lo cual me facilitó mucho la huida sin ser descubierta.

- Dios, no sé si lo sabes, pero las claves de la muerte son la discreción y la velocidad, debes aprender mucho todavía, es normal. – Le tomé la mano.- Un último consejo: Nunca dejes que el miedo te coma, jamás se le quitará el hambre. – Me levanté de la mesa y me dispuse a vestirme. – Creo que ya va siendo hora de que me largue, por favor, no cometas muchas locuras hasta que yo vuelva. – Fui para ella, le pasé mi mano por su mejilla, le acaricié el pelo y crucé la puerta.

Iba andando por la calle, todos estaban hablando de lo sucedido ayer, los dos asesinatos. Parecían muy asustados, se notaba mucha tensión en el ambiente. No paraban de ir rápido, las madres agarraban fuertemente a sus hijos, no los dejaban escaparse por nada del mundo. Me acerqué a uno de los puestos que había por la calle.

- Señor ¿cuánto cuesta esta manzana?- Cogí la manzana, la alcé con el brazo para que pudiera verla.

- Pues solamente una moneda de oro, señor. – Me sonrió e hizo un gesto con la cabeza, indicando que no había ningún problema con la venta. – Tenga mucho cuidado señor, no vaya a encontrarse al Vengador Político.

-¿Cómo qué Vengador Político? ¿Qué es eso? – Le fruncí el ceño en señal de no saber nada sobre ese tema.

- ¿No se ha enterado? – Me miró asustado, temiendo por mí por unos momentos. – Ayer hubo dos asesinatos, a dos políticos del partido del rey. Uno de ellos fue a plena luz y otro al caer la noche. Muchos dicen que es la misma persona, que no es una casualidad, dejando una marca de un peón en sus espaldas. – Suspiró de agobio al pensar en las imágenes mentales que le venían a la cabeza. – Sé que estamos mal, pero hacer eso es una salvajada ¿no cree?

- Sinceramente, a decir verdad, no me gustaría saber mucho de cómo actúa esa persona; y más, conociendo la manera de ser del rey. Estoy casi seguro de que empezará a cargarse a toda persona que apoye al Vengador. – Le di la moneda y me fui hacia el Coliseo. – Que tenga un buen día.

<<Con que ahora somos un Vengador ¿eh? Suena bastante interesante que nos llamen así. Solo ha habido dos muertes y ya nos han puesto un alias. Esta sociedad tiene el alma tan muerta, que han visto un pequeño rayo de luz y se han ido directos a atraparlo para poder agrandarlo y salir de esa vida contenida en un hueco tan oscuro como su futuro, asesinando su esperanza>>.

Al llegar al Coliseo, hice lo de siempre, me desnudé, me puse las protecciones, elegí dos hachas pequeñas, un casco formado a base de barras de metal fundidas, con forma de escamas de dragón. Esta vez me pinté dos líneas de pintura negra bajo los ojos, en señal de brutalidad, de que no habría piedad. En el momento en el que abrieron las puertas levadizas, vi lo que se me venía encima.

-Joder, esto no me lo esperaba. – Suspiré muy fuerte casi quedándome sin aliento. – Mi puta madre…