martes, 3 de septiembre de 2013

Capítulo 3 - Dos fuera del tablero


    En el momento en que vi su cara sonriéndome de esa manera tan enigmática, me di cuenta de que hizo bien su trabajo, aunque le hubiera costado mucho. Lo cual se veía reflejado en la gran cantidad de sangre que había por la casa. Al darme cuenta de que ella estaba apretándose el hombro derecho con su mano izquierda, entendí que salió dañada. La cogí en brazos y la tumbé sobre una mesa que había en la habitación más grande de la casa, dónde se cocinaba. Saqué rápidamente una caja en la cual había unas agujas y unas cuerdas muy finas, empecé a coserle la herida que tenía. Era profunda y saltaba a la vista la cantidad de sangre que expulsaba, se podía ver incluso parte del hueso. Reginam no paraba de gritar y de arañarme la espalda como método de desahogo, cogí una tela vieja y se la puse en la boca, para que así no gritara tanto y pudiera morderla. Al terminar con la herida, la llevé a los baños para que así pudiera lavarse todo el cuerpo. Le quité todos los ropajes, los cuales estaban teñidos de rojo a causa de la sangre. Su cuerpo era divino, el que cualquier otra mujer pudiera desear. Era una chica de piel blanca, tenía una marca con tinta en la cadera izquierda, con forma de flecha ardiendo. Su pelo tapaba su seno izquierdo, mientras el derecho estaba al descubierto. Sus piernas eran esbeltas, sin pelos, hasta llegar a su entrepierna.

- ¡Jezuz! – Me dijo mientras se tapaba el cuerpo como ella misma podía con sus brazos.- No me estarás viendo nada indebido ¿verdad?

- No, por Dios, yo sé qué debo hacer y en qué momentos. No seas así, además, tú no puedes bañarte sola con esa herida.-Le dije extendiéndole la mano para introducirla en la cúpula del suelo llena de agua. – Déjame ayudarte.

Se metió en el agua, se veía que estaba muy caliente ya que se podía ver que echaba bastante vapor todavía. Cuando se tumbó totalmente, cogí una esponja marina, le puse varios geles para la piel y empecé a restregárselo por toda la superficie de su cuerpo. Gemía de dolor cuando pasaba la mano cerca del hombro en el que tenía la herida.

<<Esta chica se va a quedar sin poder hacer nada durante unos días, creo que voy a tener que encargarme yo de varias muertes de los “peones”>>.

Al salir de la ducha, la dejé en la cama, me fui a la cocina y le preparé una sopa de verduras caliente para que le venga bien al cuerpo y así descanse. Cuando llegué a la habitación, ella estaba dormida, no quise despertarla, así que le dejé el cuenco en la mesa, para cuando se despertara. Puse en agua los ropajes de monje que llevaba Reginam, gracias a que me imaginaba que esto pasaría alguna vez, tenía otro ropaje guardado en los muebles. Me lo puse y salí a la calle con Venator Córdibus en el cinturón, tapada con una capa que tenía esta prenda de vestir. Me dirigí a la calle de los canales, conocida porque allí hay una taberna en la que siempre van una pareja bastante peculiar: el líder del partido político que gobierna en la ciudad y su mujer. Una vez allí, abrí la puerta y vi que la taberna olía a sudor y el ambiente estaba lleno de humo por los fumadores que había. Todas las mesas estaban abarrotadas de mercaderes borrachos y de hombres desesperados hablando con lumias para contratar sus pueriles servicios. Toda la pared estaba pintada de un color blanco amarillento. Se podía diferenciar dos partes de la taberna, una era el piso bajo y otra era el piso superior, los cuales estaban unidos por unas escaleras de madera que había a la izquierda del local. Me senté en la barra, me pedí una jarra de hidromiel y busqué con la vista a mi primer peón. No lo encontraba, pero al girar la cabeza, vi que estaba sentado justo a mi derecha, llorando. Tenía la cara rojísima y sus mejillas estaban muy infladas. Tenía una barba muy descuidada y un sombrero negro que le cubría toda la cabeza. Al traerme la copa, quiso entablar una conversación.

- ¿Qué hace un monje en una taberna como ésta a las tantas de la noche y bebiendo alcohol? – dijo tambaleando su brazo izquierdo intentando indicarme.

- A decir verdad, es muy raro que alguien como yo esté aquí. Pero a veces, la vida que llevo `puede ser muy estresante, pero un descanso no viene nunca mal ¿verdad? – Le dije alzando la jarra para hacer un pequeño brindis.

- Ahí lleva usted razón.

- Bueno señor, dígame por qué llora, no es normal ver a alguien como usted en un estado como éste.

- No soy ningún señor ni nada por el estilo. – Empezaron a caer lágrimas de sus ojos, otra vez. – Si fuera alguien respetable como dice, no le habría sido infiel a mi mujer, se ha enterado y ya no sé dónde está. – Se pasó la manga de su abrigo por los ojos para quitarse las lágrimas.

- Si quiere, podemos salir afuera, dar un paseo y hacer que se relaje un poco. No creo que una taberna sea un buen lugar para desahogarse sin hacer nada productivo.

Salimos los dos de la taberna por la puerta de delante, empezamos a andar por las calles, las cuales se iban oscureciendo más y más al paso del tiempo.

- Nunca pensé qué llegaría a tener que contarle mis problemas a un monje. Es que no soy religioso, no creo en dioses ni nada parecido, sino que cada uno obtiene lo que realmente merece.

- Eso no es algo que me pille por sorpresa, cada vez hay más gente que critica la religión y las creencias de los demás. Pero no hemos venido a hablar sobre eso. Dígame ¿cómo ocurrió todo?- Le dije indicándole con el brazo para girar hacia la derecha a un callejón aún más oscuro.

- Bueno pues verá…

Al llegar al callejón, le agarré el cuello con la mano izquierda, apenas le dio tiempo a pronunciar unas palabras. Cogí la daga y se la clavé entera por la nuez que hay por la garganta. Cuánto más intentaba respirar, más sangraba por la boca. Nada más le saqué el filo del cuello, lo tiré al suelo de espaldas, le rajé la barriga con forma de una hache. Le abrí en canal y le saqué el corazón. Podía notar cómo la sangre chorreaba por mis brazos, le abrí la boca y le metí el órgano en su boca, para que así se coma sus sentimientos de una vez. Le di la vuelta al cuerpo del ser inerte, le rompí las prendas para ir rasgando fuertemente su espalda y dibujarle la ficha. Notaba que la grasa de su cuerpo se iba separando al hacerle la hendidura en la piel con el metal. Mi brazo se cansaba de tener que usar tanta fuerza para partirle la piel. Justo cuando terminé, limpié la hoja en una de las prendas y salí corriendo entre los callejones oscuros de la ciudad hasta llegar a mi hogar. Abrí la puerta y me la encontré dormida, sentada encima de una silla, con los brazos cruzados. Seguramente estaba esperando a que yo llegara, ya que se levantaría y no me encontraría allí. La cogí con mis brazos y la llevé a la cama por segunda vez en esta noche, se despertaba a causa del movimiento y movía un poco los párpados, pero su cansancio podía con ella y se dormía al instante. La arropé con las mantas y me quité toda la ropa, exceptuando la de interior, para descansar. Me acosté a su lado de un pequeño salto, al cubrirme, su mano, de piel suave; se movió lentamente hasta quedar quieta en mi mejilla. En ese instante apagué las velas que iluminaban la habitación y me dormí.


- ¡Joder, Jezuz! ¿¡Qué coño hiciste anoche!? – Me desperté fuertemente y la vi a ella mirando el traje que me puse anoche. – ¿A quién has matado sin yo saberlo?

- Tranquila, mujer. – Le indiqué que se calmara bajando la mano suavemente.- Ayer salí mientras estabas dormida e hice caer a otro peón.

- Eso es otra ¿por qué te fuiste de aquí sabiendo que yo estaba sola en la cama y pudo venir cualquiera y robar? – Reginam estaba histérica, no hacía más que ponerse las manos en la cabeza, como signo de frustración.

- No seas tan dramática, joder. Tampoco ha sido para tanto, además, este barrio es muy seguro, nunca podrían robar.- Yo hablaba con un tono muy calmado intentando tranquilizarla, pero parecía imposible. – Sin contar que esta es mi casa y puedo hacer lo que me apetezca, para ello soy un adulto. Creo que deberías de darme las gracias por haberte curado, en vez de echarme la bronca por haber hecho parte del trabajo que tú no puedes realizar ahora mismo.

- Bueno, ahí llevas razón, pero… Es que me preocupé mucho anoche, creí que había pasado algo grave, ya que no te vi al despertarme. – Agachó la cabeza y se tiró en la cama. – Perdona, de veras. – Me besó en la mejilla y me dio un abrazo.

- Anda, no pasa nada, ha sido un simple sofoco mañanero, total, uno más o uno menos.

Me levanté de la cama, me duché con agua fría para así despertarme totalmente, me hice un desayuno bastante abundante y nos pusimos los dos en el salón.

- Como bien entenderás, no puedes hacer ningún asesinato hasta dentro de un par de días, como mínimo. Pienso que lo mejor será que mate yo por la noche y tú te quedes haciendo las tareas domésticas de la casa por la mañana. – Me miró bastante decepcionada, abriendo parte de su boca. – Pero solamente hasta que te mejores lo suficiente ¿vale?

- Sé qué es duro, pero vale. Intentaré controlarme las ganas de matar cabrones por esta ciudad sin remedio ninguno, excepto la fuerza de voluntad. – Apretó el brazo y el puño tan fuerte que hizo tensión en su hombro y empezó a quejarse un poco del dolor.

- Por cierto, cuéntame cómo acabaste herida anoche.

- Pues verás… Ayer, mientras tú combatías en El Coliseo, yo me fui a la Plaza de la Fuente. Estuve esperando en un banco a que mi objetivo fuera a comprar al puesto de manzanas que hay allí; como cada día. Hice cómo cualquier persona que fuera a comprar manzanas, le dije al oído: “sígueme, tengo algo para ti”. Entonces, él me miró extrañado, no sabía quién era ni lo que le deparaba. Fui andando a un paso rápido, haciendo creer que rezaba, me metí en uno de los huecos que hay por la plaza, le fui a degollar rápidamente, pero me agarró la mano derecha muy fuerte, con su otra mano, empezó a arañarme por todo el cuerpo. Sin saber cómo, le dio la vuelta a mi puñal, lo empujó hacia mí y me lo clavó en el hombro. No pude aguantar mucho más, así que le di un rodillazo enorme en la entrepierna. Ya sí que le pude cortar el cuello. A los pocos segundos de asegurarme de qué estaba bien muerto, le hice la marca en la espalda. Al no poder sostener el peso de su cuerpo, lo oculté tras varios cubos de paja, lo cual me facilitó mucho la huida sin ser descubierta.

- Dios, no sé si lo sabes, pero las claves de la muerte son la discreción y la velocidad, debes aprender mucho todavía, es normal. – Le tomé la mano.- Un último consejo: Nunca dejes que el miedo te coma, jamás se le quitará el hambre. – Me levanté de la mesa y me dispuse a vestirme. – Creo que ya va siendo hora de que me largue, por favor, no cometas muchas locuras hasta que yo vuelva. – Fui para ella, le pasé mi mano por su mejilla, le acaricié el pelo y crucé la puerta.

Iba andando por la calle, todos estaban hablando de lo sucedido ayer, los dos asesinatos. Parecían muy asustados, se notaba mucha tensión en el ambiente. No paraban de ir rápido, las madres agarraban fuertemente a sus hijos, no los dejaban escaparse por nada del mundo. Me acerqué a uno de los puestos que había por la calle.

- Señor ¿cuánto cuesta esta manzana?- Cogí la manzana, la alcé con el brazo para que pudiera verla.

- Pues solamente una moneda de oro, señor. – Me sonrió e hizo un gesto con la cabeza, indicando que no había ningún problema con la venta. – Tenga mucho cuidado señor, no vaya a encontrarse al Vengador Político.

-¿Cómo qué Vengador Político? ¿Qué es eso? – Le fruncí el ceño en señal de no saber nada sobre ese tema.

- ¿No se ha enterado? – Me miró asustado, temiendo por mí por unos momentos. – Ayer hubo dos asesinatos, a dos políticos del partido del rey. Uno de ellos fue a plena luz y otro al caer la noche. Muchos dicen que es la misma persona, que no es una casualidad, dejando una marca de un peón en sus espaldas. – Suspiró de agobio al pensar en las imágenes mentales que le venían a la cabeza. – Sé que estamos mal, pero hacer eso es una salvajada ¿no cree?

- Sinceramente, a decir verdad, no me gustaría saber mucho de cómo actúa esa persona; y más, conociendo la manera de ser del rey. Estoy casi seguro de que empezará a cargarse a toda persona que apoye al Vengador. – Le di la moneda y me fui hacia el Coliseo. – Que tenga un buen día.

<<Con que ahora somos un Vengador ¿eh? Suena bastante interesante que nos llamen así. Solo ha habido dos muertes y ya nos han puesto un alias. Esta sociedad tiene el alma tan muerta, que han visto un pequeño rayo de luz y se han ido directos a atraparlo para poder agrandarlo y salir de esa vida contenida en un hueco tan oscuro como su futuro, asesinando su esperanza>>.

Al llegar al Coliseo, hice lo de siempre, me desnudé, me puse las protecciones, elegí dos hachas pequeñas, un casco formado a base de barras de metal fundidas, con forma de escamas de dragón. Esta vez me pinté dos líneas de pintura negra bajo los ojos, en señal de brutalidad, de que no habría piedad. En el momento en el que abrieron las puertas levadizas, vi lo que se me venía encima.

-Joder, esto no me lo esperaba. – Suspiré muy fuerte casi quedándome sin aliento. – Mi puta madre…

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