miércoles, 28 de agosto de 2013

Capítulo 2. El dado pincha.


-No te preocupes, voy a iluminar esto un poco- Le dije tocándole la cintura, para que supiera que estaba allí con ella.


Fui hacia delante, noté que ya estaba en la pared, cogí una cuerda, tiré de ella y se abrieron las ventanas. Reginam quedó cegada por el resplandor de luz tan repentino. Llegó a decir algunas palabrotas por el sofoco.


-Joder, Jezuzli, ábrelas más lentamente, o al menos avisa. No es mucho pedir ¿no? -Dijo quejándose mientras tenía su brazo izquierdo tapándole los ojos.


Pude ver cómo todo estaba igual que anoche, desordenado, después de una noche de alcohol para ahogar heridas internas; pues es normal, al menos desde mi punto de vista. Vivir solo trae muchas consecuencias.


-Bueno, voy a hacer la cena, siéntate en el sofá, ve poniendo ese ajedrez que hay ahí, en la mesita al lado de la puerta. - Me fui para la cocina  y ver que hay en la despensa.

Saqué de la despensa un par de tomates, un pimiento y un poco de cebolla. Los partí en trozos muy pequeños, aliñándolo con aceite y sal mientras escuchaba cómo las piezas del tablero se iban poniendo en su lugar. Puse un pez a las piedras calientes y cuando estuvo listo lo serví en una tabla con el picadillo. Al llegar a la salita donde se encontraba ella, vi cómo las fichas estaban todas las figuras estaban bien puestas. Me siento y dejo la tabla de madera con la comida al lado del tablero.

-Reginam, voy a ir al grano. -Le dije con un tono muy serio y ella me miraba con miedo.- Lo primero es que no soy un hombre normal y corriente. No pienso como hace la gente de la ciudad. Yo creo que esto necesita una solución radial. - Aparto cuatro peones blancos y otros cuatro negros. -Lo primero es que sepas que voy a liberar a esta ciudad de la corrupción que sufre por culpa del rey y su Consejo Real. Para ellos vamos a hacer varias muertes. -Me miró boquiabierta, sin dar crédito a lo que oía.

-¿Has dicho “vamos”? Tú estás mal de la cabeza. Yo no voy a participar en eso, paso de morir, así de claro. -No paraba de respirar con fuerza y se estaba hiperventilando.

-Ni siquiera has escuchado mi plan. Además, no tienes nada que perder, y mucho que ganar. Sé mejor que nadie que tú quieres que esto acabe, es más, hoy casi te violan si no llega a ser por mí. -Esta vez está más atenta a mis explicaciones. -Quiero hacerlo como si fueran piezas de Ajedrez: Empezamos matando a ocho consejeros de poca monta. -Toco con la yema de los dedos a los peones que saqué del tablero. -Como puedes ver, son blancos y negros. Esto significa que uno será de noche y otro de día, cuatro días sin descanso; ocho muertes.

-Esto es un poco macabro ¿no crees? Además no tienes tiempo, por la mañana tienes que luchar en El Coliseo. - Me miró con cara de haberme dejado sin recursos y dejando claro que mi plan tenía lagunas.

-Ahí entras tú. -La chica casi se atraganta con la guarnición al oir la frase. -Necesito que mates tú también. Pero las muertes a los peones del bando de la ciudad tienen una característica: necesitan tener una marca en toda la espalda, que dibujes con el cuchillo un peón. Lo mismo pasará con los alfiles, que serán los guardias reales del rey. Los caballos serán dos jinetes importantes en el reino… En eso se van a basar, nuestras tareas esta semana. Si quieres, puedes ir a tu casa, coger tus cosas y quedarte conmigo, podríamos vivir bien juntos. Así nos conoceremos mejor.

-Vale, como quieras, pero una cosa te digo: Yo soy más santa que la ciega del muro. Como intentes algo, date por muerto.

En ese instante, me levanté de la mesa, recogí todo lo que había de por medio y me fui a la terraza de la casa, para relajarme un poco. Me habían pasado demasiadas cosas. Empecé a ver cómo la noche caía sobre la ciudad. El cielo se tiñe de naranja, al igual que caer unas gotas de pintura en un poco de agua.

-Jezuz, despierta, que te has quedado dormido.- Ella empezó a moverme el brazo para que saliera del quinto sueño.- ¿Cómo te has podido quedar dormido en la terraza? Hace mucho ruido fuera, está todo lleno de tabernas y burdeles, yo con este estruendo no podría en mi vida. -Me dijo riéndose todavía por haberme visto dormido.

-Joder, estaba muy cansado y esta silla es muy cómoda, no es para tanto ¿eh?- Le dije mirándola con cara de estar tomándole el pelo.- Por cierto ¿qué cosas te has traído al final?- No paraba de mirar a las bolsas de paja que habían en la entrada.

-Pues lo típico, ropa, comida, objetos domésticos y cacharros para cocinar. Ya sabes, lo que a ti te hace falta.

-¿Sabes cocinar? Es que a mí nunca se me dió bien hacer nada en la cocina, siempre quemaba la carne o se me pasaban los guisos. Por eso mismo me voy a cenar siempre a las tabernas de debajo de mi casa a cenar.

-No te preocupes por ello, si quieres cocino yo.

Me levanté de la silla, cogí una de las bolsas que había en la entrada, las puse en la cocina y empecé a guardar todo lo que tenía en su interior. Al mismo tiempo, ella estaba ordenando mis muebles para que así ella pueda guardar sus prendas.

-Bueno, Reginam, creo que te ha quedado claro que debes matar a uno de los consejeros en su casa, mientras yo estoy en el Coliseo, le haces la marca y sales corriendo para casa, sin que nadie te vea. Para salir desapercibido, usa el traje de monje que está ahí, tras la puerta, el blanco.

-Jezuz, estoy demasiado cansada hoy. Buenas noches.

-Hasta mañana, anda. Duerme bien.

Nos dimos la vuelta los dos, dormimos juntos, mirando a lados opuestos, pegando nalgas con nalgas. Yo no sabía si era por la calor o por todo lo ocurrido hoy.

<<No sé cómo vamos a seguir hacia delante con este plan. Es demasiado peligroso para dos personas, nunca nadie le ha plantado cara al rey de tal manera, y los que lo han intentado han caído antes de poder dar noticia sobre ello. Nunca me imaginé que esto fuera a resultarme tan difícil. Además tengo mucho riesgo de morir cada día por el hecho de que lucho en la arena a vida o muerte. Hoy mismo casi muero contra ese bicharraco sin cabeza. ¿Quién me dice que yo voy a salir vivo de ahí? Creo que va siendo hora de dormirme, comerme la cabeza solo puede darme más dudas y por ello, más miedo para dejar esto>>.

Ya era de día, el maldito gallo del vecino me despertó, como siempre. Me di la vuelta y ella no estaba en la cama. Me pude imaginar que se fue ya a hacer el asesinato, pero escuché el sonido metálico de los cacharros en la cocina. Fue dirigirme a la cocina y encontrármela haciendo unos huevos revueltos.

-Buenos días, dormilón.

-¿Dormilón?¿Qué hora es?- Le dije frotándome los ojos con los puños para poder ver bien nada más levantarme.- Ah, y buenos días.

-Pues serán ya las ocho, digo yo. Ya hace bastante Sol.

-¿¡Las ocho!? ¡Tengo que estar en El Coliseo en menos de una hora!- No sabía qué hacer, estaba mirando a todas partes.

-Anda, cómete esto, son huevos con una receta casera de mi abuela, te gustarán.

Nos fuimos a la terraza y empezamos a desayunar. La ciudad ya estaba totalmente activa, muchos compraban, otros vendían, otros robaban, lo de siempre en las callejuelas de la ciudad. Al terminar de comer el plato, los fregamos, salimos de casa y nos fuimos cada uno por su lado. Ella disfrazada de monje y yo directo a mi cita con la muerte. Justo en la puerta del Coliseo se podía ver perfectamente un cartel que decía: “Hoy toca un cubo puntiagudo”. Yo no sabía qué era, pero llamó mucho la atención de la gente, la cola por las entradas llegaban hasta tres calles más abajo. Una vez dentro, fue el mismo procedimiento de siempre, cogerme mis armas, un lugar para salir de la arena y listo. Pero esta vez era extraño, había cuatro combatientes además de mí. Me pareció demasiado extraño, pero justo al pensarlo, nos vino un hombre de los que controlaba a los luchadores.

-Hoy toca muerte súbita, o sea, toca el dado. Esto consiste en que sois todos contra todos, y solo puede quedar vivo uno. Las únicas maneras de matar a tus rivales van a ser estampándolo contra la pared del cubo, caer al agua o reventándole la cabeza. Para ello os vamos a dar a cada uno de vosotros una simple maza, algo pequeña, pero rápida. No hay protecciones, no hay escudos, es todo riesgo.

Al oír esas explicaciones, me empezaron a temblar las piernas, no sabía qué hoy pudiera haber tanto riesgo de muerte. Justo al coger la maza, me llevaron a un pasillo, el cual terminaba en una puerta levadiza de hierro. Se escuchaban los gritos de la gente, todos gritaban “el dado, mata con el dado”. Yo todavía no sabía que se me avecinaba. Se empezaron a abrir las puertas, todas al unísono. En el momento en el que ví el cubo, me quedé helado.

Era un cubo de piedra de más de cuatro metros de alto, unos tres de ancho y otros tres de grosor. En cada lateral tenía una gran cantidad de pinchos enormes, puntiagudos y negros. Había un trecho de suelo entre el cubo y un foso artificial que hicieron, obligatoriamente teníamos que ir a ese lugar. Cruzamos un puente, al pisar el suelo, nos lo quitaron, ya no teníamos escapatoria. Sonó una bocina y todos se volvieron locos.

Al momento, miré a mi derecha y me encontré a un hombre de piel negra viniendo rápidamente hacia mí. No frenaba y tenía alzada la maza. Justo al lanzarme la maza, me agaché y le golpeé la pierna, fue un golpe limpio, noté cómo su pierna se rompía sonando un “CRACK”. Mientras caía al suelo se podía ver que su cara iba cambiando mediante notaba el dolor cada vez más intenso. Al estar tumbado, muriéndose de dolor, con gritos que resonaron en todo el escenario, cogí mi maza, salté y la hundí en sus sesos. Su sangre salpicó en mi cara, empezó a caer por el suelo, tiñendo de rojo el agua. Para que no estorbara, le pegué una patada y cayó al río. Escuché cómo las gradas volvían a rugir, seguramente cayó otro. Rompí un pincho de la pared con la maza del negro, conseguí tener un pincho y una maza en las dos manos. Me quedé escondido en una esquina del cuadrilátero, así podía saber si me venía alguno por el lateral. En efecto, no me equivocaba, me vinieron los dos, cada uno por un lado.

<<¿Qué cojones hago ahora? No tengo escapatoria, me van a matar, joder…>>.

Justo cuando los dos luchadores estaban a un metro escaso de mí, me subí encima del cubo, en la parte superior. Al no tener pinchos, me libré de una muerte segura. Fue levantarme para cubrirme y ver cómo uno de los luchadores, el de la piel más oscura, acababa clavado en la pared con la cabeza en un pincho. Se veía cómo su cabeza se partió en dos y sus ojos quedaban colgados. La sangre fue el tinte principal para esa cara de la pared. Todo su cuerpo estaba clavado, no podría moverse incluso si aún siguiera con vida. El otro luchador me esperaba, yo seguía quedándome quieto allí arriba. Al ver que yo no me movía de arriba del cubo, empezó a subir. En ese instante, cogí el pincho que tenía en la mano y se lo introduje por la boca con tal brutalidad que atravesó su garganta. Cayó de espaldas, directo al suelo, con el golpe se le cayó el pincho de la garganta. No se podía mover, solo gritaba, y cuanto más lo hacía, más sangraba. Al cabo de los segundos se estaba ahogando en tu propia sangre, antes de morir, me bajé del cubo y con la maza, le rompí el cuello en mis pedazos, creando una cara de dolor a todos los que vinieron a ver el espectáculo. Quedando yo como el único luchador con vida y como el ganador de esta arena.

Al salir, iba por las calles como si estuviera inconsciente, entré en una tienda de cosas antiguas, allí vi una pequeña ficha de madera, era un rey, la ficha de ajedrez. Valía solo una moneda de oro, así que me la compré, seguramente la tendría para decoración, pero yo mismo le daría un mejor uso; más adelante. Al salir, vi un alboroto en la Plaza de la Fuente, mucha gente gritaba y se veían venir a los guardias reales. Al acercarme más, vi que era uno de los ayudantes del Rey más famosos de la ciudad, muerto y boca abajo, su espalda estaba ensangrentada por una marca hecha con un cuchillo con la forma de un peón. Entonces, caí en que ella hizo bien su trabajo.

Me fui de allí para no salir herido, ya que siempre que hay un antecedente como este, la guardia empieza a pegar a las multitudes con tal de abusar, con la excusa de decir que eran sospechosos. Al llegar a casa, vi que en el baño había sangre, por el susto, fui allí inmediatamente. Vi que era sangre que goteaba la daga. Reginam estaba sentada en el cesto de la ropa, respirando fuerte, como si hubiera hecho mucho ejercicio. Al darse cuenta de que yo estaba a su lado, me miró.

-Jezuzli, uno muerto, peón fuera.- me sonrió con una curva de oreja a oreja.

jueves, 22 de agosto de 2013

Capítulo 1- Primer Movimiento

Sopla un viento fresco sobre la cálida ciudad de Másingber. Dividida en sus cuatros sectores (Los Caídos, La Devastación, Los Ghuri y La Ciudadela), saca toda la arena de su terreno tras una tormenta de tres días y dos noches. Desde la Torre del Reloj puedo ver cada rincón, cada callejuela de esta ciudad, mientras, sentado en el borde de esta barandilla, noto como mis pies llenos de heridas sangran lentamente, dejando caer las gotas de sangre a más de cien metros de altura. La brisa acaricia los ropajes tendidos en las azoteas de los edificios más altos.


Me pongo a meditar sobre si debo tirarme o no al suelo y, finalmente morir. Si total, no tengo familia, me echaron del trabajo a causa de la invención de las nuevas máquinas, el rey de la ciudad nos roba todo el dinero, los soldados que vigilan las calles hacen lo que les conviene, asesinan por la noche sin pudor alguno, incluyendo a mi familia...

¿Queréis saber cómo ha acabado todo así? Todo empezó hace un par de meses...
Iba por el mercado comprando frutas y carne para cenar, cuando de repente vi a una chica huyendo de dos soldados reales. Ella se metió en una callejuela estrecha y sin salida. Al ver que los dos hombres intentaban violarla, solté las bolsas y salí corriendo con espada en mano hacia el callejón. Al llegar allí, cogí a uno de los violadores por la espalda y le rajé el cuello, acto seguido; empecé a dar espadazos contra el otro soldado, que también desenvainó su espada. Al cabo de unos golpes, conseguí que su espada cayera, al estar indefenso, se arrodilló pidiendo clemencia, no hacía otra cosa que estar mirándome a los ojos y llorando por su vida. Pensé unos segundos, le agarré la cabeza y apretando con los pulgares en sus ojos, le dejé ciego. Así no podría identificarme jamás. Me levanté hiperventilado, viéndome las manos llenas de sangre. «Joder, que lo he matado. Le he quitado la vida. Sé que era por salvar a la chica, pero me he jodido la vida y estas cadenas las arrastraré en mi conciencia hasta mi muerte.» Le vi a ella, estaba pálida y nos me miraba boquiabierta. Reaccioné rápido, la cogí de la mano y salimos a correr antes de que la gente nos acorralara. Ella se dejaba guiar, no sabía nada de mí y le salvé de una violación, creo que jamás me podría poner en su lugar. No sabíamos a dónde ir, la gente de la calle nos miraba raro. Me metí por un callejón muy largo, al fondo podía ver la puerta del Coliseo. «Podemos meternos allí y ver el espectáculo. Nadie nos encontrará y pueden pasar horas hasta que acabe. Además me puedo lavar las manos y así quitarme la sangre.»

Entramos en El Coliseo por la puerta principal, subimos rápido por unas escaleras que habían a mano derecha, de la presión y los nervios me tropiezo en un escalón y caigo de cara. Me levanté rápido y nos metimos en los aseos. Empiezo a lavarme las manos con el agua y mucho jabón, me frotaba tan fuerte que me dolían las manos. La chica estaba vigilando la puerta para que nadie entrara y me viera que estaba quitándome la sangre.

Al ver que ya no tenía manchas en las manos, cogí agua con las dos manos para mojarme la cara y así aliviarme un poco y estar relajado. Limpié mi espada, la envainé y nos fuimos a las gradas. Todo aquello estaba rodeado de guardias, mirando por todos los rincones para ver si me encontraban y así, asesinarme.

«Yo así no puedo seguir, tarde o temprano me van a pillar y me matarán. Creo que lo mejor será inscribirme en el torneo. Allí no me encontrarán y si sobrevivo ganaré dos mil monedas de oro. Pero si pierdo, moriré en la arena... Total, he quitado dos vidas y ellos me quitarán la mía, es un precio "justo"».

Bajé las escaleras de nuevo, en la entrada me dirigí a recepción y me metí en el combate con el nombre de 'Torreta', por mis dos torres tatuadas a los hombros. Las cuales representan la fuerza y rigidez que hay que tener en la vida, aunque siempre te den golpes, seguir en pie. Entré en los vestuarios y dejé a la chica sin nombre en las gradas. «¿Se habrá largado o se ha quedado conmigo?» Mientras me armaba con los protectores básicos que te dejaban para el combate, miraba atento a las armas; viendo cuál vendría mejor para mí. Había una lanza de madera robusta y un filo hecho de metal oscuro junto con un escudo hecho de madera y con clavos puntiagudos sobresaliendo la punta para clavárselas al enemigo. Yo sabiendo que soy una persona de brazos bastante robustos, me cogí esa arma junto con el escudo.

Esperaba impaciente mientras escuchaba los gritos desgarradores de las víctimas de los combates que estaban antes del mío, los cuales eran camuflados por la bulla de los espectadores del espectáculo. Al lado mía había un combatiente blanquito, me miraba asustado y sudando, con su mirada decía "por favor sácame de aquí, no quiero morir". Tenía un tatuaje en la mejilla izquierda, era una guadaña, marca de esclavo. Seguramente su amo le obligaría a luchar, por simple diversión o para ganar dinero en las apuestas. Me quedaba mirándole de arriba a abajo cuando una niña chica con ropa muy sucia me coge el brazo.

- Torreta, te toca combatir en el campo de batalla.- Me dijo mientras miraba al chico blanquito que estaba a mi lado.- Tú, Nieve, te toca combatir contra él, salid ya.

De repente, se me dispara la adrenalina y me pongo muy nervioso, ando hacia la puerta de hierro, se abrió de par en par y me deslumbró totalmente. Al salir, vi a toda la gente gritando, con ganas de ver correr la sangre y rodar cabezas. El escenario había cambiado, en vez de ser simple arena, pusieron muros de paja, tal cantidad que lo convirtieron en un laberinto con dos entradas. Cada uno en una, nos disponemos a entrar. Estaba yendo un poco agachado y andando silenciosamente, por si acaso él estaba cerca mía. Notaba en el suelo sus pisadas fuertes, como si estuviera furioso. Al girar el último cruce, entré en una especie de recuadro, mucho más grande que los pasillos del laberinto. Al otro lado estaba él, sujetando dos espadas, una en cada mano. Se le notaba en la mirada que le comía la maldad por dentro. Vino corriendo hacia a mí alzando el brazo izquierdo a darme, como si quisiera partirme en dos. Le paré con el escudo de milagro. No paraba de atacar, y yo sabiendo que el escudo no iba a resistir mucho más, decidí girar el escudo en el momento que dé el golpe. Se le cayó una espada, se quedó sorprendido. En el momento que él dudaba, lo aproveché para clavarle el escudo en el brazo que sostenía la otra espada para que lo soltara y así desangrarle. Noté como le reventé los huesos y sus músculos se desgarraban. Agarré fuerte la lanza y se la clavé por la entrepierna, impulsándola hasta atravesarle los pulmones y que saliera por la boca. Lo empalé, literalmente.

Cayó directo al suelo, estaba muerto y tieso. Gané el combate. Al momento escuché rugir a todas las gradas, mirase por donde mirase, había alguien con una cara de no poder creerse la bestialidad que yo acababa de hacer.Tiré el escudo al suelo, alzo los brazos en señal de victoria y vi que todos me deseaban, era algo nuevo para ellos. Entré en el vestuario, me eché un jarrón de agua por mi cuerpo, me quité los ropajes de lucha empapados y me puse la ropa normal que llevaba. Salgo para recoger el dinero y me encontré de nuevo a la chica.

- Muchas gracias por salvarme antes, no sé qué habría hecho sin ti. Me llamo Reginam. - Me dijo mientras me abrazaba casi llorando.

- Lo que hice yo, pudo haberlo hecho cualquiera, no te preocupes. Todos sabemos que esta ciudad es corrupta. Yo me llamo Jezuzli, antiguo asesino a sueldo. - Me cierro de brazos mientras esbozo una sonrisa picarona. - Vente si quieres a mi casa y vemos qué hacemos ahora, habrá que avisar a tu familia ¿no crees?

-Bueno, respecto a eso... -Reginam se miraba los pies muy entristecida. - Mis padres fueron asesinados por orden del rey, y bueno, mi hermano desapareció una noche que se peleó contra mi padre por llegar borracho a casa. Desde entonces no le he vuelto a ver.

-Oh Dios mío, no sabes cuánto lo siento, de veras. Yo me crié solo en la calle, sé cómo te sientes al estar sola en este mundo.- Le dije mientras meditaba sobre cómo llevar esto hacia delante. - Si quieres, puedes venirte a mi casa, no está muy lejos y podremos resguardarnos allí hasta que se calme el ambiente - le tendí la mano, la agarró algo extrañada por la proposición tan directa.

Empezamos a andar por la calle de los mercaderes, cerca de La Plaza Mayor. Todo el mundo me miraba al tener una bolsa de tela en la mano llena de monedas que resonaban muchísimo. Me fijé en un puesto pequeño, no se veía mucho, pero era muy peculiar. Era de una madera muy oscura y brillante. Su toldo era de un naranja muy fuerte y en la mesa no había otra cosa que armas de filo cortante, o sea, espadas. El dueño de la tienda era un hombre viejo, cara bastante arrugada y ciego de un ojo, tapado con un parche. Su pelo era negro, largo, ondulado y le llegaba un poco más bajo de los hombros. Tenía una sonrisa graciosa en la cual se podía ver reflejados sus tres dientes de oro. Sin duda, parece un pirata, además llevaba un parche en el ojo derecho. En el mostrador había gran cantidad de cuchillos, espadas, arcos, ballestas y hachas. En la pared del puesto se ve un arma de fuego; no tiene pinta de ser muy potente pero sí muy fácil de ocultar era más pequeña que mi propia mano.

-Buenas chico ¿te interesa algo?- Me dijo mirando mis ropajes y luego a la chica mientras sonreía pícaramente.

-Pues la verdad es que sí, buscaba algo pequeño, muy manejable, que no se viera mucho. Vaya para llevarlo oculto.

-Pues no se preocupe señor, tengo lo que busca.- Justo al momento de decírmelo, se agacha para buscar algo. De repente me saca una caja de madera pintada de negro con un pequeño candado dorado en medio.-Esta daga te va encantar, es justo lo que buscas, la Venator Córdibus.

Al abrir el candado con una llave pequeña, se veía algo que brillaba en la oscuridad de la caja. Era una daga con un metal bastante rojizo, tenía una hoja tan fina que podría cortar en dos un brazo de un solo tajo. Su empuñadura era un cilindro cubierto por una gran cantidad de tiras de cuero que forman muchas trenzas enlazadas entre sí, terminando en una bola que las une todas, dejando caer las tiras con total libertad.

-Dios, es una daga perfecta, todo tal y como lo buscaba. Quería pedirte una cosa si no es mucha molestia. -Le dije con un tono un poco tristón, necesitado y a la vez muy interesado; como si fuera una necesidad.

-Dígame, pero si es sobre el dinero, puede ir olvidándolo. Su precio son cuatrocientas piezas de oro, ni una más, ni una menos.

-No se preocupe señor, no va por el tema económico. Es simplemente si podría hacerme una inscripción en la hoja. -MIrándole atentamente, rindió y aceptó.

-Pues claro, pero serán cien pieza más. Pero ¿qué quieres inscribir?- Me dijo mirando extrañado.- Es que nadie me ha pedido algo así, hasta ahora.

-Quiero que me inscribas “catur berdarah” en la hoja. Solo eso.
Al inscribir la frase en la hoja, me dispuse a sacar el dinero. Las monedas cayeron rebotando contra la mesa, provocando una multitud de sonidos metálicos. El dependiente estaba quedándose loco de la cantidad de monedas que había. La gente de la calle miraba atentamente mientras cuchicheaban a escondidas.

Fue coger la caja con la daga en una bolsa y seguir andando con Reginam.

-¿Para qué has comprado eso? -Me miraba asustada sin saber cómo reaccionar ante ello.

-Yo sé qué estoy haciendo, no te preocupes, de veras. -Le agarré del hombro para que viera que entablo más confianza con ella y que no hay ningún problema.

-Pero es que tengo miedo, a lo mejor nos pueden perseguir los guardias y podemos morir. Quiero llegar a tu casa cuanto antes, por favor te lo pido. -Me cogió la mano de una manera muy fuerte, como si fuera una niña asustada en busca de su madre, su camino que seguir.

Fuimos recto por la calle, a un paso algo más acelerado, cruzando a la gente mientras esquivamos a los carros de mercancía que se ponían en medio de la calle. Al final, pasamos por la calle de los artesanos. Todo estaba repleto de talleres, miles de carteles de madera en las puertas con todas las ofertas, variedad de productos y sus respectivos precios. Todo parecía tranquilo, hasta que vimos un guardia correr hacia nosotros, no nos podíamos mover. La cara de Reginam se volvió blanca de repente, empezó a sudar. Me apretó tan fuertemente la mano que empecé a notar cómo me crujían los dedos sin cesar. Cuando estuvo delante nuestra, se paró en seco.

-Chicos, tened mucho cuidado por el barrio. Al parecer hay dos asesinos sueltos, un chico y una chica, han matado a unos guardias hace unas horas. Vigilad vuestras espaldas. -Su tono era muy serio, dejando claro que no era ninguna broma de lo cual estaba hablando.

<<Me cuesta creer que nos hayamos salvado de esta manera. Pero si nos habían visto la cara la mitad de la gente que andaba por allí, esto es demasiado raro, no me puedo creer que tenga tanta suerte>>.

Estas calles siempre me dieron mala espina, parece que te vas a caer con alguna piedra y los huérfanos aprovecharán para robarte lo que tengas encima, incluso los zapatos. Al final de las calle, cuando llegamos, había un pobre tullido pidiendo limosna, obviamente le dí una moneda. Al caer, él sonrió. Cruzamos la Plaza de la Fuente, su nombre es obvio, hay una fuente con un la Torre del Reloj en miniatura atravesando un corazón, que significa que nadie en la ciudad merece estar contigo, que estás mejor muerto. La razón de esa fuente fue por una leyenda muy antigua en la cual, el protagonista es un timador de familias ricas, hasta que una vez fue a una casa humilde, engañó de tal manera a esa familia, prometiendo un puesto de trabajo en la futura fábrica del timador, que se gastaron todos los ahorros de su vida en la inversión de dicha fábrica; que acabaron todos en la calle. La ciudad entera buscaba al timador, él se escondió en la torre hasta que le pillaron y le empalaron en ella.

Nos dirigimos a una puerta de madera robusta, de color verde. Saco las llaves del bolsillo, abro la cerradura y entramos. Está muy oscuro y apenas se ve.