-No te preocupes, voy a iluminar esto un poco- Le dije tocándole la cintura, para que supiera que estaba allí con ella.
Fui hacia delante, noté que ya estaba en la pared, cogí una cuerda, tiré de ella y se abrieron las ventanas. Reginam quedó cegada por el resplandor de luz tan repentino. Llegó a decir algunas palabrotas por el sofoco.
-Joder, Jezuzli, ábrelas más lentamente, o al menos avisa. No es mucho pedir ¿no? -Dijo quejándose mientras tenía su brazo izquierdo tapándole los ojos.
Pude ver cómo todo estaba igual que anoche, desordenado, después de una noche de alcohol para ahogar heridas internas; pues es normal, al menos desde mi punto de vista. Vivir solo trae muchas consecuencias.
-Bueno, voy a hacer la cena, siéntate en el sofá, ve poniendo ese ajedrez que hay ahí, en la mesita al lado de la puerta. - Me fui para la cocina y ver que hay en la despensa.
Saqué de la despensa un par de tomates, un pimiento y un poco de cebolla. Los partí en trozos muy pequeños, aliñándolo con aceite y sal mientras escuchaba cómo las piezas del tablero se iban poniendo en su lugar. Puse un pez a las piedras calientes y cuando estuvo listo lo serví en una tabla con el picadillo. Al llegar a la salita donde se encontraba ella, vi cómo las fichas estaban todas las figuras estaban bien puestas. Me siento y dejo la tabla de madera con la comida al lado del tablero.
-Reginam, voy a ir al grano. -Le dije con un tono muy serio y ella me miraba con miedo.- Lo primero es que no soy un hombre normal y corriente. No pienso como hace la gente de la ciudad. Yo creo que esto necesita una solución radial. - Aparto cuatro peones blancos y otros cuatro negros. -Lo primero es que sepas que voy a liberar a esta ciudad de la corrupción que sufre por culpa del rey y su Consejo Real. Para ellos vamos a hacer varias muertes. -Me miró boquiabierta, sin dar crédito a lo que oía.
-¿Has dicho “vamos”? Tú estás mal de la cabeza. Yo no voy a participar en eso, paso de morir, así de claro. -No paraba de respirar con fuerza y se estaba hiperventilando.
-Ni siquiera has escuchado mi plan. Además, no tienes nada que perder, y mucho que ganar. Sé mejor que nadie que tú quieres que esto acabe, es más, hoy casi te violan si no llega a ser por mí. -Esta vez está más atenta a mis explicaciones. -Quiero hacerlo como si fueran piezas de Ajedrez: Empezamos matando a ocho consejeros de poca monta. -Toco con la yema de los dedos a los peones que saqué del tablero. -Como puedes ver, son blancos y negros. Esto significa que uno será de noche y otro de día, cuatro días sin descanso; ocho muertes.
-Esto es un poco macabro ¿no crees? Además no tienes tiempo, por la mañana tienes que luchar en El Coliseo. - Me miró con cara de haberme dejado sin recursos y dejando claro que mi plan tenía lagunas.
-Ahí entras tú. -La chica casi se atraganta con la guarnición al oir la frase. -Necesito que mates tú también. Pero las muertes a los peones del bando de la ciudad tienen una característica: necesitan tener una marca en toda la espalda, que dibujes con el cuchillo un peón. Lo mismo pasará con los alfiles, que serán los guardias reales del rey. Los caballos serán dos jinetes importantes en el reino… En eso se van a basar, nuestras tareas esta semana. Si quieres, puedes ir a tu casa, coger tus cosas y quedarte conmigo, podríamos vivir bien juntos. Así nos conoceremos mejor.
-Vale, como quieras, pero una cosa te digo: Yo soy más santa que la ciega del muro. Como intentes algo, date por muerto.
En ese instante, me levanté de la mesa, recogí todo lo que había de por medio y me fui a la terraza de la casa, para relajarme un poco. Me habían pasado demasiadas cosas. Empecé a ver cómo la noche caía sobre la ciudad. El cielo se tiñe de naranja, al igual que caer unas gotas de pintura en un poco de agua.
-Jezuz, despierta, que te has quedado dormido.- Ella empezó a moverme el brazo para que saliera del quinto sueño.- ¿Cómo te has podido quedar dormido en la terraza? Hace mucho ruido fuera, está todo lleno de tabernas y burdeles, yo con este estruendo no podría en mi vida. -Me dijo riéndose todavía por haberme visto dormido.
-Joder, estaba muy cansado y esta silla es muy cómoda, no es para tanto ¿eh?- Le dije mirándola con cara de estar tomándole el pelo.- Por cierto ¿qué cosas te has traído al final?- No paraba de mirar a las bolsas de paja que habían en la entrada.
-Pues lo típico, ropa, comida, objetos domésticos y cacharros para cocinar. Ya sabes, lo que a ti te hace falta.
-¿Sabes cocinar? Es que a mí nunca se me dió bien hacer nada en la cocina, siempre quemaba la carne o se me pasaban los guisos. Por eso mismo me voy a cenar siempre a las tabernas de debajo de mi casa a cenar.
-No te preocupes por ello, si quieres cocino yo.
Me levanté de la silla, cogí una de las bolsas que había en la entrada, las puse en la cocina y empecé a guardar todo lo que tenía en su interior. Al mismo tiempo, ella estaba ordenando mis muebles para que así ella pueda guardar sus prendas.
-Bueno, Reginam, creo que te ha quedado claro que debes matar a uno de los consejeros en su casa, mientras yo estoy en el Coliseo, le haces la marca y sales corriendo para casa, sin que nadie te vea. Para salir desapercibido, usa el traje de monje que está ahí, tras la puerta, el blanco.
-Jezuz, estoy demasiado cansada hoy. Buenas noches.
-Hasta mañana, anda. Duerme bien.
Nos dimos la vuelta los dos, dormimos juntos, mirando a lados opuestos, pegando nalgas con nalgas. Yo no sabía si era por la calor o por todo lo ocurrido hoy.
<<No sé cómo vamos a seguir hacia delante con este plan. Es demasiado peligroso para dos personas, nunca nadie le ha plantado cara al rey de tal manera, y los que lo han intentado han caído antes de poder dar noticia sobre ello. Nunca me imaginé que esto fuera a resultarme tan difícil. Además tengo mucho riesgo de morir cada día por el hecho de que lucho en la arena a vida o muerte. Hoy mismo casi muero contra ese bicharraco sin cabeza. ¿Quién me dice que yo voy a salir vivo de ahí? Creo que va siendo hora de dormirme, comerme la cabeza solo puede darme más dudas y por ello, más miedo para dejar esto>>.
Ya era de día, el maldito gallo del vecino me despertó, como siempre. Me di la vuelta y ella no estaba en la cama. Me pude imaginar que se fue ya a hacer el asesinato, pero escuché el sonido metálico de los cacharros en la cocina. Fue dirigirme a la cocina y encontrármela haciendo unos huevos revueltos.
-Buenos días, dormilón.
-¿Dormilón?¿Qué hora es?- Le dije frotándome los ojos con los puños para poder ver bien nada más levantarme.- Ah, y buenos días.
-Pues serán ya las ocho, digo yo. Ya hace bastante Sol.
-¿¡Las ocho!? ¡Tengo que estar en El Coliseo en menos de una hora!- No sabía qué hacer, estaba mirando a todas partes.
-Anda, cómete esto, son huevos con una receta casera de mi abuela, te gustarán.
Nos fuimos a la terraza y empezamos a desayunar. La ciudad ya estaba totalmente activa, muchos compraban, otros vendían, otros robaban, lo de siempre en las callejuelas de la ciudad. Al terminar de comer el plato, los fregamos, salimos de casa y nos fuimos cada uno por su lado. Ella disfrazada de monje y yo directo a mi cita con la muerte. Justo en la puerta del Coliseo se podía ver perfectamente un cartel que decía: “Hoy toca un cubo puntiagudo”. Yo no sabía qué era, pero llamó mucho la atención de la gente, la cola por las entradas llegaban hasta tres calles más abajo. Una vez dentro, fue el mismo procedimiento de siempre, cogerme mis armas, un lugar para salir de la arena y listo. Pero esta vez era extraño, había cuatro combatientes además de mí. Me pareció demasiado extraño, pero justo al pensarlo, nos vino un hombre de los que controlaba a los luchadores.
-Hoy toca muerte súbita, o sea, toca el dado. Esto consiste en que sois todos contra todos, y solo puede quedar vivo uno. Las únicas maneras de matar a tus rivales van a ser estampándolo contra la pared del cubo, caer al agua o reventándole la cabeza. Para ello os vamos a dar a cada uno de vosotros una simple maza, algo pequeña, pero rápida. No hay protecciones, no hay escudos, es todo riesgo.
Al oír esas explicaciones, me empezaron a temblar las piernas, no sabía qué hoy pudiera haber tanto riesgo de muerte. Justo al coger la maza, me llevaron a un pasillo, el cual terminaba en una puerta levadiza de hierro. Se escuchaban los gritos de la gente, todos gritaban “el dado, mata con el dado”. Yo todavía no sabía que se me avecinaba. Se empezaron a abrir las puertas, todas al unísono. En el momento en el que ví el cubo, me quedé helado.
Era un cubo de piedra de más de cuatro metros de alto, unos tres de ancho y otros tres de grosor. En cada lateral tenía una gran cantidad de pinchos enormes, puntiagudos y negros. Había un trecho de suelo entre el cubo y un foso artificial que hicieron, obligatoriamente teníamos que ir a ese lugar. Cruzamos un puente, al pisar el suelo, nos lo quitaron, ya no teníamos escapatoria. Sonó una bocina y todos se volvieron locos.
Al momento, miré a mi derecha y me encontré a un hombre de piel negra viniendo rápidamente hacia mí. No frenaba y tenía alzada la maza. Justo al lanzarme la maza, me agaché y le golpeé la pierna, fue un golpe limpio, noté cómo su pierna se rompía sonando un “CRACK”. Mientras caía al suelo se podía ver que su cara iba cambiando mediante notaba el dolor cada vez más intenso. Al estar tumbado, muriéndose de dolor, con gritos que resonaron en todo el escenario, cogí mi maza, salté y la hundí en sus sesos. Su sangre salpicó en mi cara, empezó a caer por el suelo, tiñendo de rojo el agua. Para que no estorbara, le pegué una patada y cayó al río. Escuché cómo las gradas volvían a rugir, seguramente cayó otro. Rompí un pincho de la pared con la maza del negro, conseguí tener un pincho y una maza en las dos manos. Me quedé escondido en una esquina del cuadrilátero, así podía saber si me venía alguno por el lateral. En efecto, no me equivocaba, me vinieron los dos, cada uno por un lado.
<<¿Qué cojones hago ahora? No tengo escapatoria, me van a matar, joder…>>.
Justo cuando los dos luchadores estaban a un metro escaso de mí, me subí encima del cubo, en la parte superior. Al no tener pinchos, me libré de una muerte segura. Fue levantarme para cubrirme y ver cómo uno de los luchadores, el de la piel más oscura, acababa clavado en la pared con la cabeza en un pincho. Se veía cómo su cabeza se partió en dos y sus ojos quedaban colgados. La sangre fue el tinte principal para esa cara de la pared. Todo su cuerpo estaba clavado, no podría moverse incluso si aún siguiera con vida. El otro luchador me esperaba, yo seguía quedándome quieto allí arriba. Al ver que yo no me movía de arriba del cubo, empezó a subir. En ese instante, cogí el pincho que tenía en la mano y se lo introduje por la boca con tal brutalidad que atravesó su garganta. Cayó de espaldas, directo al suelo, con el golpe se le cayó el pincho de la garganta. No se podía mover, solo gritaba, y cuanto más lo hacía, más sangraba. Al cabo de los segundos se estaba ahogando en tu propia sangre, antes de morir, me bajé del cubo y con la maza, le rompí el cuello en mis pedazos, creando una cara de dolor a todos los que vinieron a ver el espectáculo. Quedando yo como el único luchador con vida y como el ganador de esta arena.
Al salir, iba por las calles como si estuviera inconsciente, entré en una tienda de cosas antiguas, allí vi una pequeña ficha de madera, era un rey, la ficha de ajedrez. Valía solo una moneda de oro, así que me la compré, seguramente la tendría para decoración, pero yo mismo le daría un mejor uso; más adelante. Al salir, vi un alboroto en la Plaza de la Fuente, mucha gente gritaba y se veían venir a los guardias reales. Al acercarme más, vi que era uno de los ayudantes del Rey más famosos de la ciudad, muerto y boca abajo, su espalda estaba ensangrentada por una marca hecha con un cuchillo con la forma de un peón. Entonces, caí en que ella hizo bien su trabajo.
Me fui de allí para no salir herido, ya que siempre que hay un antecedente como este, la guardia empieza a pegar a las multitudes con tal de abusar, con la excusa de decir que eran sospechosos. Al llegar a casa, vi que en el baño había sangre, por el susto, fui allí inmediatamente. Vi que era sangre que goteaba la daga. Reginam estaba sentada en el cesto de la ropa, respirando fuerte, como si hubiera hecho mucho ejercicio. Al darse cuenta de que yo estaba a su lado, me miró.
-Jezuzli, uno muerto, peón fuera.- me sonrió con una curva de oreja a oreja.
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