miércoles, 4 de diciembre de 2013

Capítulo 5 - Un movimiento inesperado.

Caí flexionando las rodillas, dejándolas caer en el suelo y creando una pequeña polvareda por la tierra de la calle. Todo estaba demasiado oscuro, apenas podía ver a tres metros de mí. Se podía diferenciar las siluetas de los edificios gracias a la luz que emitía la Luna y las miles de estrellas que cubrían el cielo. Una vez de pie, me sacudí las manchas que tenía en la vestimenta, alcé la mirada y me asusté. «Joder, no recordaba que la ésto asustara tanto de noche». Ya recompuesto, me puse a andar hacia delante. El viento soplaba de cara y con mucha fuerza, hasta tal punto que me costaba andar, se caía el gorro multitud de veces y me cegaba al entrarme arena en los ojos. No se escuchaba apenas nada que fuera el aire chocando contra mis oídos o el balbuceo de un que otro mendigo desamparado y harto de ron en alguna esquina. Cada vez miraba más al suelo, no quería perder tiempo teniéndome que limpiar los zapatos con algún que otro resto de animal o persona.

No sabría explicar cómo, pero notaba como si alguien me siguiera, giraba la cabeza continuamente hacia atrás para intentar ver quién andaba por allí, todas las veces eran en vano; así que seguí mi camino. Aún tenía algo de temor y por seguridad, aceleré el paso hasta acabar corriendo fuera de allí. No sabía si se trataba de alguna persona, o simplemente un gato callejero, pero el correr riesgos nunca fue lo mío. Las calles cada vez eran menos oscuras, se podía diferenciar bien todas las fachadas de algunos locales, otros aún seguían con ventanas iluminadas, como los burdeles. Al fondo del todo estaba la Plaza de la Fuente.
Todos los bancos estaban rodeados de heces de palomas, el suelo encharcado por la lluvia y repleto de hojas de los diversos árboles de alrededor. Sin duda, era un escenario espléndido, podía ver como el agua de dispersaba por cada paso que hacía, estuve buscando durante diez minutos la puerta de una de las casas más importantes de la ciudad, hasta que la encontré. Era de un color verde oscuro, muy desgastado y lleno de astillas, tenía grandes remaches a un lado de la pared y multitud de adornos de color negro alrededor del picaporte dorado que estaba colocado justo en el centro. Estuve mirando sucesivamente a los lados, asegurándome de que nadie se acercaba ni tampoco podía verme. Saqué una ganzúa de un bolsillo y me dispuse a abrir la puerta lentamente, para así no hacer ruido. Cuánto más abría la puerta, mayor era el ruido provocado por la oxidación de la puerta. Para no correr más riesgos, la abrí de golpe, sin saber por qué, apenas hizo ruido, casi ni se escuchaba. Entré dentro de la casa. La entrada era enormemente larga, todo el suelo del pasillo era de baldosas de color cobre y amarillo que brillaban al darles una pequeña cantidad de luz. Había dos mesas pequeñas de madera a los laterales del pasillo, unidas a unos percheros en los que había un abrigo y un sombrero colgados. A la derecha estaba puesto un espejo con detalles dorados cubriendo los bordes,  me podía reflejar en él, era algo tenebroso, era todo tan oscuro que me daba el presentimiento de que algo malo iba a ocurrir. Ya dejé de husmear por la primera parte de la casa y llegué al salón. Fue entrar y notar cómo mi cuerpo entraba el calor, seguramente sería porque se encontraba una chimenea aún iluminada por las cenizas vivas que siguen calientes, con su rojizo color. Una mesa con una cesta en la que hay algunas frutas colocadas. Me giro para seguir viendo, me encuentro a un perro. De repente se puso a ladrar y a morderme el brazo derecho. Estaba haciendo demasiado ruido y empecé a escuchar algo en la planta superior. Cogí del hocico al canino, le rajé desde el cuello al abdomen, ahogando su voz y dejando caer al suelo sus tripas sin hacer el menor estruendo. De nuevo, empezaron los sonidos, pero ahora eran voces.

-Cariño ¿no has escuchado nada extraño abajo?- Era una voz femenina, seguramente la mujer del hombre que deseo aniquilar.- Va a ser el tonto de Ton, tendrá hambre y estará buscando comida.

- Pues déjalo, total, por una noche nadie se muere ¿no?- La otra voz era mucho más grave y cansada.

- No seas tonto. ¡Baja de una vez!

- Por Dios, ya bajo, mujer...

Cogí rápidamente el cuerpo del animal y lo coloqué en la entrada, dejando un camino de sangre. En cambio, yo me situé justo debajo de las escaleras que dan hacia la zona superior de la casa. Podía escuchar perfectamente los crujidos que se provocaban en los escalones cada vez que el hombre descendía. Se quedó mirando extrañado a la mancha de sangre del animal, la siguió hasta llegar donde se encontraba el cuerpo. Lo vió y empezó a andar hacia atrás, asustado y sin saber qué acaba de ver y si era cierto. Justo cuando iba a subir las escaleras corriendo, lo cogí del cuello y le hice caer de espaldas al suelo. Abría bastamente los ojos, parecía que se les iban a salir.

-Cállate si quieres seguir vivo, de lo contrario…- Le rocé el cuello con mi dedos dedos, notando cómo se le hacía un nudo en la garganta por el miedo.- Ahora dime tu nombre bien bajito.

- Se… Selio, señor.

Cogí la nuez de su garganta con los dedos mientras me sentaba encima del gordo. Me senté encima de él y le tapé la boca con la otra mano. Apreté fuertemente su nuez y se la arranqué de su garganta, su cuello soltaba sangre a borbotones creando un charco rojizo por la extensa sala. Me levanté y subí las escalinatas, en los muros se reflejaban las luces de una vela que procedían de una habitación. Salí disparado hacia esa salita, pequeña y con una cama en el centro, en ella había una mujer desnuda tapada por las sábanas. Salté sobre ella le tapé la cara con una almohada, para así poder ahogar sus gritos. No paraba de patalear y intentar arañarme. Parecía incansable, hasta que por fin cayó rendida por axfisia, estaba muerta. Levanté el cuerpo del hombre, lo llevé al segundo plano, junto al cadáver de la que sería su mujer, los dos boca abajo; les hice la marca de la ficha básica de ajedrez, les até las manos juntas con una cuerda y los uní con el suelo de la sala, dejándolos colgados en el balcón. Robé rápidamente las joyas que tenían en una mesa al lado del camastro. <<Total, no creo que se las vuelvan a poner nunca más>>. Salí corriendo y a la vez con cuidado de no hacer mucho ruido, de la altiva morada, la cual dejé con la puerta abierta sin intención de cerrar. Empecé a bajar el ritmo hasta el punto de quedarme andando por la plazoleta. Justo en el momento que caminaba cerca de la fuente, algo me agarró fuertemente sin darme apenas cuenta, cayendo de lleno en el inferior de la fontana. Notaba cómo unas manos me apretaban la garganta sin cesar, era incapaz de respirar. Aguanté los brazos de la persona con mis dedos, clavándole las uñas; hacía lo imposible por escapar. Intentaba hacerle parar a través de todos los medios posibles. Sin saber cómo, el agua de la fontana empezó a teñirse de un color rojo. <<Mierda, es mi sangre>>. No tenía fuerzas para seguir agarrando,  mis manos cayeron al agua, al igual que el cuerpo de la persona que me estaba ahogando. No sabía el porqué de todo aquello. Mis ojos se cerraban y mis pulmones no aguantaban más. Súbitamente, lo que parecía ser un brazo, me agarró y me sacó del agua. Impacté fuertemente contra el suelo y empecé a dar vueltas y a toser como un loco mientras vomitaba todo el agua que había tragado en aquel forcejeo. Una vez que pude abrir los ojos vi a Esmeralda casi muriendo de la risa, apenas pudiendo contenerse, y a un soldado con prendas distintas tirado en el suelo, muerto. Por fin me mantuve sobre mis pies, lo primero que se me ocurrió fue abrazarla como si no hubiera mañana.

- Eh, tú, campeón ¿te ha podido un simple soldado? La verdad es que esperaba más de ti.- Hablaba con un tono sarcástico muy descarado, pareciendo totalmente una burla.- Anda, volvamos a casa y me cuentas.

- Sabes que jamás me habría dejado matar por un simple soldado, es que me vino por la espalda.- La cogí del brazo e hice que se girara.- Otra cosa que no te has dado cuenta, si te fijas bien, no es un soldado cualquiera, es un centinela.- La chica se giró rápidamente y me miró muy asustada.

- ¿Qué hace aquí un centinela?

- Por Dios, pareces nueva en esta ciudad. ¿No te has dado cuenta que es una guardia de noche que han puesto para pillarnos?

- Bueno ahora que lo piensas, tiene mucho sentido.

Me apresuré mucho en ponerle la mano encima al susodicho guardián nocturno, le arranqué la armadura, cogí a Venator Córdibus y me dispuse a dibujar un lienzo encima de un cuadro caliente y rosado.

- Otro más para los peones ¿verdad?- Se cruzó de brazos y se dispuso a esperarme, como si fuera monótono.

-Esta vez te equivocas, que lo sepas.

- ¿Cómo qué me equivoco? Pero si… Joder, no me jodas que es un ca…

- Correcto, es un caballo. Ya que no es un soldado normal, no merece tampoco una marca corriente ¿no crees?

Nada más levantarme me lavé las manos en la fuente, al igual que ella. La cogí de la mano, y nos escaqueamos rápidamente de ese lugar tan… Bueno, tan público y a la vez tan seguro en cuanto a vigilancia se refiere. Apenas podía notar mis pies a causa del frío al que estaban siendo sometidos esa noche. Por suerte, en casa había más de una manta para luego poder taparse. Una vez allí, nos dispusimos a cambiarnos de prendas y empezar a lavar las usadas. Mi pecho golpeaba bastante fuerte, chocando contra mi ropa, a causa de la aceleración que tenía mi corazón en ese momento. Estuvimos corriendo unos diez minutos sin parar a gran velocidad, acabamos muy agotados esa noche. Especialmente por el sobreesfuerzo físico de la vuelta. <<Para que luego digan que salir por la noche no trae problemas>>.

- Anda, pareces muy cansado, vete a la cama y estate bien para mañana, que me imagino que te vuelve a tocar ir a luchar ¿no?- Me quitó de las manos las telas mojadas que componían lo que viene siendo mi vestimenta.

-¿Estás loca? Yo no me voy a dormir ahora porque no me sale de los cojones, a ver si te enteras. Estoy muy cabreado como para dormirme.- Le quité lo que tenía al fondo del lavadero y seguí lavando.- Además, mañana van a cambiar el escenario de una manera especial para dentro de dos días y no estará abierto, así que me dormiré a la hora que me plazca.

- ¿A ti qué te pasa? ¿Y esos modales? Que yo recuerde no tienes razones para cabrearte hoy, encima de que me preocupo por ti, desagradecido.- Empezó a hablar con tono irónico y a la vez pasota, dando a entender que no iba a estar por debajo de mí en ningún momento.

- Es que no tenías por qué preocuparte por mí, soy un hombre y puedo hacer las cosas yo solo. El incidente de la fuente fue solo eso, un pequeño contratiempo que me pilló de improvisto.

- Sabes tan bien como yo que si no hubiera estado allí, hubieras muerto y todo se hubiera perdido, sobre todo tu vida, pedazo de imbécil. Parece que no piensas.

- Tú no sabes apenas nada de las razones de mi enfado así que hazme un favor y cállate.

Al terminar la desastrosa discusión me puse a tender la ropa en los balcones interiores para que se secaran. Me fuí a uno de los muebles acolchados de la sala de estar y me tumbé allí, tapado hasta arriba por una frazada de piel marrón peluda de oso. No paraba de suspirar mientras me ponía las manos detrás de la cabeza.

<<Nunca me había visto tan mal en mi vida, he estado a solo dos segundos de morir y no saber más del mundo. Hubiera perdido todo, no es mucho, pero siempre fue importante. Jamás hubiera vuelto a apreciar todos los placeres que me brinda esta vida tan complicada y a la vez tan bella. Siempre digo que esto es una mierda, y todo porque algo que estaba planeado, no sale como yo esperaba. Ahora he aprendido que nunca se puede ser perfecto, ya que siempre habrá algo que nunca podamos tener en cuenta. Hay millones de posibilidades diferentes con cada acción que hacemos o hacen otros. Así que lo mejor que se puede hacer ahora es planificar todo de buena manera, y si hay algo fuera de lo normal, se improvisará…>>.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Capítulo 4 - Siete blancos.



       Los rayos del Sol me han cegado por completo, iba andando andando con un brazo sobre mi cara, tapaba mis ojos y con el otro brazo hacia delante para no caerme y guiarme hasta recuperar la vista. En ese momento me topé con algo y abrí los ojos del todo. El escenario era algo inimaginable. Estaba todo lleno de escaleras de piedra en todas las direcciones. Cada quince escalones, más o menos, había un hueco con una ballesta, una aljaba y muchas piedras alrededor. En el centro donde se juntaban todas las escaleras, se encontraba una pequeña jaula con un bote de material cristalino lleno de telas y hojas curativas. Al final de las escaleras, en cada una de ellas, se veía una antorcha encendida, rodeada por un pequeño muro de barro, para así no caerse. Una vez recompuesto, cada luchador nos pusimos en un de los huecos de las escaleras. El agujero me lo imaginaba mucho más profundo, apenas me daba para cubrirme, la cabeza no me la podía ocultar ni en broma. Pude ver cómo todos los combatientes se ponían nerviosos. Uno de ellos no paraba de apilar las piedras una y otra vez hasta que cayó al suelo por una flecha de ballesta en todo el ojo; desapareció en las escaleras.


-¡BOOOOOOOOOOM!


<<¿Qué ha sido ese ruido?>>


Podía ver perfectamente que uno de los jueces del combate tocó un platillo metálico gigante justo al caer el primer muerto. Me supuse que sería una forma de señalizar que ya ha caído uno de los siete que éramos allí. No paraba de escuchar pisadas, cada vez eran más fuertes, no podía parar de pensar de dónde provenían hasta que un hombre se me abalanzó sobre mí. Doblé la pierna derecha, la puse en su estómago y lo lancé fuertemente por los aires. Un instante después, intentó darme con un hacha pequeña que tenía en su mano derecha, rozándome la nariz, hasta tal punto que noté una pequeña brisa pasando por mi cara. Mientras él caía, cuatro flechas le impactaron en el torso.


-¡BOOOOOOOOOOOOM!


Aprovechando que todos estaban centrados en él y que las ballestas tardan mucho tiempo en volver a cargarse, salí corriendo de mi lugar, con el arma de distancias en mi mano izquierda, apreté el gatillo y acabó impactando en el cuello de uno del negro que había en el lugar de mi derecha. Fui directo hacia él para asestarle un hachazo en la mandíbula. Vi cómo la cabeza se le separaba en dos, usando como fronteras los dientes superiores y los inferiores.


-¡BOOOOOOOOOOOOM!


Me tumbé en el suelo, mirando hacia la derecha, ya que en esa circunferencia de escaleras, no había nadie a mi izquierda que pudiera atacarme. Una flecha me dió en el hombro izquierdo, no sabía qué hacer. Vi sonreir a un hombre con un montón de barba que me miraba mientras volvía a cargar su arma. De repente, me fijo en que otro hombre salta con una antorcha en la mano desde todo lo alto del escenario, cayendo encima del barbudo, a la vez que le metía la antorcha por la boca. Le hizo caer de frente, atravesando el cráneo con el trozo de madera a causa del impacto.


-¡BOOOOOOOOOOOOOOOOOM!


Cada vez que sonaba ese maldito golpe en el escenario, me daba un susto tremendo, miraba para todos lados por si había alguien apuntándome. Me escondí en el hueco del muerto rápidamente para que no me viera el hombre de la antorcha. Mis pulsaciones aceleraban por momentos. Partí la flecha clavada para que así no me estorbe tanto a la hora de combatir. Puse a cargar las dos armas lanza flechas por si venía alguien por sorpresa, matarle en el acto. Volví a escuchar otra vez, pero esta vez se alejaban, como si bajaran hacia abajo. Asomé la cabeza, no podía creerlo. El asesino de antes estaba bajando a toda velocidad, en la mitad de la escalera pegó un salto y lanzó un hacha hacia la cabeza de una mujer, que estaba combatiendo. Ella esquivó el ataque fácilmente, mientras que el hombre no corrió la misma suerte; cayó directo en el tarro cristalino, acabando estampado contra el suelo, sin moverse, creando un enorme charco de sangre.


-¡BOOOOOOOOOOOOOOOOOM!


<<¿Qué cojones hace una mujer aquí? Se supone que ésto es un torneo solo para hombre. No puedo matar a una mujer, está en contra de mis principios. Si la matara, seguramente todo el público dejaría de apostar por mí y perdería mucho dinero; pero si no lo hago…>.


Justo me pasó una flecha rozando mi nariz, cuyo roce me hizo una herida.


-La próxima vez no fallaré, te lo prometo.- Me dijo con cara de prepotencia, alzando la mano en la que sostenía un cuchillo arrojadizo.


-No creo que haya próxima vez…


Al momento de decir esas palabras cogí una de las piedras y se la lancé con todas mis ganas, impactando de lleno en su frente. Apenas un segundo después, cayó de espalda, tiñendo de rojo su pelo corto y rubio.


-¡BOOOOOOOOOOOOOM!


Fui corriendo hacia abajo, me saqué el trozo de flecha, notaba cómo crujía la herida y salía sangre a más no poder. Pude salvar un trozo de tela que había seco, lo cogí y me tapé la herida con él.


En el momento en el que salí de allí, me puse a pensar sobre cómo estará Reginam. Iba hacia casa pateando piedras cuando de repente vi a un nuevo objetivo, el portavoz del partido. Era un señor obeso, con ropajes dorados y sandalias muy gruesas para así soportar su peso. Llevaba un bastón de marfil tallado, el cuál tenía un mango en forma de puño. Me aseguré de tener la daga en el cinturón, oculta por la chaqueta. Sabía perfectamente que tendría que tener mucho más cuidado que antes, estaba sin la ropa de monje y me podrían identificar; pero no podía dejar pasar de largo una oportunidad como ésta.


Me dirigí hacia él, le toqué el hombro y se giró.


-Señor, necesita venir conmigo, es una situación de vital urgencia.- Le miré preocupado, indicándole el camino que debía seguir.


-¿Qué dice usted? ¿Quién es?- Me miraba extrañado y con desprecio, como si fuera un humilde campesino.


-Señor, soy un vecino suyo. ¡Su casa está ardiendo y su mujer está dentro!- Cada vez le tiraba más del brazo para que me siguiera.



-¿Cómo es eso posible? Si mi casa es muy segura.


-No tengo ni idea, solo sé que está ardiendo y que me pidieron que le buscara urgentemente.


Empezó a seguirme corriendo con tal de llegar cuanto antes a su casa. En el momento que la calle se quedaba sin apenas gente, le empujé con el cuerpo, haciéndole caer hacia una calleja. Al estar en el suelo sin poder levantarse, cogí la daga y se la clavé en todo el ojo, para que así muriera en el acto, para no provocar ningún ruido. Le dí la vuelta, le rajé la espalda con el símbolo del peón y le robé el dinero que tuviera en la cartera. No supe cómo lo hice, pero esta vez ni siquiera me manché de sangre. Me largué corriendo por las callejuelas de Másingber.


No me podía imaginar todo lo que estaba pasando, cada vez todo se volvía más peligroso: Las calles se vigilaban muchísimo más, había gran cantidad de guardias, ya no hacían cosas fuera de la ley por miedo a ser asesinados ellos mismo. Todos los pregoneros difundían mis obras, todas las muertes de los peones, incluso diciendo sus nombres. Al llegar a casa, vi como Reginam estaba muy preocupada, estaba sentada en una silla, con los codos apoyados en sus rodillas, mirando al suelo, como si estuviese llorando. Al verme entrar, me abrazó.


- Ten cuidado, me he hecho daño el hombro.- Al oirme se apartó de mí rápidamente, me miró la extremidad y fue a buscar vendas.- ¡Eh! Estate quieta, ya estoy vendado, no te preocupes, es una herida pequeña, nada fuera de lo normal.


- ¿Pero cómo ha ocurrido? Sabiendo lo bestia que eres, no me extraña que hayas salido herido.- Me miró con cara burlona y se fue yendo a la cocina.


- Pues hoy en el Coliseo me dieron un flechazo, pero no me afectó mucho, ni siquiera llegó a darme en el hueso, así que estoy bien. Ah, y ha caído otro peón ya solo quedan cinco.


- Ahí te equivocas, van cuatro.


- ¿Cómo van a ir cuatro? Si solo he matado dos y tú a uno.


- Que no, que hoy en el mercado he aprovechado que uno de ellos estaba meando para poder cortarle el cuello y hacerle la marca.


- ¿Estás tonta? Sabes de sobra que te dije que no salieras, que te podrían descubrir. Además has matado a uno tú sola en un lugar donde hay muchísima gente y estás herida… Si alguien nos oyera, no nos creería jamás.- Me llevé las manos a la cabeza como reacción por la desesperación tan grande a la que me sometía.


- Lo importante es que estoy bien ¿no? A lo mejor soy yo aquí la loca.


- No mujer, pero entiéndeme, me he asustado muchísimo. Si te llega a pasar algo, todo se hundiría y lo peor: Tú morirías.


- Bueno, lo pasado, pasado está. Ahora me voy a poner a hacer la comida, y tú estás empapado de sudor, mójate un poco.


Me fui a la terraza, cogí uno de los jarrones que tenían agua de lluvia y me lo eché por encima, estaba muy fría y lo primero que hice fue coger una manta secarme rápidamente. Desde aquí podía ver que la ciudad estaba ajetreada y asustada, toda la calle olía a los guisos de los puestos ambulantes. Me metí dentro

.



, me tumbé en la cama de paja y me puse las manos detrás de la cabeza mirando al techo.


<<Este maldito mundo se me hace grande, demasiado grande. El no saber si voy a morir esta noche, mañana o quizás al final de este juego me deja inquieto. Todo ésto es arriesgar a poder vivir junto a libertad… Pero ¿merece la pena tanto esfuerzo de dos personas para que lo saboreen otras muchas? Esta ciudad no tiene ni pies ni cabeza, todo debe de empezar a reconstruirse, empezando por los corazones. Si al menos tuviera más ayuda o apoyo, en vez de estar escondidos como ratas en las alcantarillas de las calles más ocultas>>.


-Jezuz, despierta, dormilón.- Ella estaba agitándome para que pudiera abrir los ojos.


<<Joder, otra vez me he vuelto a quedar dormido en la cama, tantos días así me matan. El cansancio me puede>>.


-Venga, ya tienes la comida lista, y recuerda: “Esta noche deben caer dos”.- Me guiñó un ojo y se fue por el pasillo.


-Pero una cosa, necesito comer mucho para tener energía suficiente ¿eh?- Le dije riéndome mientras me levantaba de la cama.
Estuvimos mucho rato comiendo, en la mesa había multitud de comida: Una vasija enorme con conejo y patatas hervidas, dos jarras enormes con hidromiel, verduras fritas con carne y cebolla al caramelo. La boca se convertía en agua con oler la habitación, además, la luz de las velas dejaba un escenario perfecto para comer, no se podía estar más agusto en ese lugar. Al terminar, lavamos todo y yo me dispuse a vestirme con el traje de monje, que al dejarlo en remojo, las manchas se le fueron, por lo que se podía usar de nuevo sin ningún problema. Miré por la ventana, no había ni siquiera un alma en la calle. Salté.

martes, 3 de septiembre de 2013

Capítulo 3 - Dos fuera del tablero


    En el momento en que vi su cara sonriéndome de esa manera tan enigmática, me di cuenta de que hizo bien su trabajo, aunque le hubiera costado mucho. Lo cual se veía reflejado en la gran cantidad de sangre que había por la casa. Al darme cuenta de que ella estaba apretándose el hombro derecho con su mano izquierda, entendí que salió dañada. La cogí en brazos y la tumbé sobre una mesa que había en la habitación más grande de la casa, dónde se cocinaba. Saqué rápidamente una caja en la cual había unas agujas y unas cuerdas muy finas, empecé a coserle la herida que tenía. Era profunda y saltaba a la vista la cantidad de sangre que expulsaba, se podía ver incluso parte del hueso. Reginam no paraba de gritar y de arañarme la espalda como método de desahogo, cogí una tela vieja y se la puse en la boca, para que así no gritara tanto y pudiera morderla. Al terminar con la herida, la llevé a los baños para que así pudiera lavarse todo el cuerpo. Le quité todos los ropajes, los cuales estaban teñidos de rojo a causa de la sangre. Su cuerpo era divino, el que cualquier otra mujer pudiera desear. Era una chica de piel blanca, tenía una marca con tinta en la cadera izquierda, con forma de flecha ardiendo. Su pelo tapaba su seno izquierdo, mientras el derecho estaba al descubierto. Sus piernas eran esbeltas, sin pelos, hasta llegar a su entrepierna.

- ¡Jezuz! – Me dijo mientras se tapaba el cuerpo como ella misma podía con sus brazos.- No me estarás viendo nada indebido ¿verdad?

- No, por Dios, yo sé qué debo hacer y en qué momentos. No seas así, además, tú no puedes bañarte sola con esa herida.-Le dije extendiéndole la mano para introducirla en la cúpula del suelo llena de agua. – Déjame ayudarte.

Se metió en el agua, se veía que estaba muy caliente ya que se podía ver que echaba bastante vapor todavía. Cuando se tumbó totalmente, cogí una esponja marina, le puse varios geles para la piel y empecé a restregárselo por toda la superficie de su cuerpo. Gemía de dolor cuando pasaba la mano cerca del hombro en el que tenía la herida.

<<Esta chica se va a quedar sin poder hacer nada durante unos días, creo que voy a tener que encargarme yo de varias muertes de los “peones”>>.

Al salir de la ducha, la dejé en la cama, me fui a la cocina y le preparé una sopa de verduras caliente para que le venga bien al cuerpo y así descanse. Cuando llegué a la habitación, ella estaba dormida, no quise despertarla, así que le dejé el cuenco en la mesa, para cuando se despertara. Puse en agua los ropajes de monje que llevaba Reginam, gracias a que me imaginaba que esto pasaría alguna vez, tenía otro ropaje guardado en los muebles. Me lo puse y salí a la calle con Venator Córdibus en el cinturón, tapada con una capa que tenía esta prenda de vestir. Me dirigí a la calle de los canales, conocida porque allí hay una taberna en la que siempre van una pareja bastante peculiar: el líder del partido político que gobierna en la ciudad y su mujer. Una vez allí, abrí la puerta y vi que la taberna olía a sudor y el ambiente estaba lleno de humo por los fumadores que había. Todas las mesas estaban abarrotadas de mercaderes borrachos y de hombres desesperados hablando con lumias para contratar sus pueriles servicios. Toda la pared estaba pintada de un color blanco amarillento. Se podía diferenciar dos partes de la taberna, una era el piso bajo y otra era el piso superior, los cuales estaban unidos por unas escaleras de madera que había a la izquierda del local. Me senté en la barra, me pedí una jarra de hidromiel y busqué con la vista a mi primer peón. No lo encontraba, pero al girar la cabeza, vi que estaba sentado justo a mi derecha, llorando. Tenía la cara rojísima y sus mejillas estaban muy infladas. Tenía una barba muy descuidada y un sombrero negro que le cubría toda la cabeza. Al traerme la copa, quiso entablar una conversación.

- ¿Qué hace un monje en una taberna como ésta a las tantas de la noche y bebiendo alcohol? – dijo tambaleando su brazo izquierdo intentando indicarme.

- A decir verdad, es muy raro que alguien como yo esté aquí. Pero a veces, la vida que llevo `puede ser muy estresante, pero un descanso no viene nunca mal ¿verdad? – Le dije alzando la jarra para hacer un pequeño brindis.

- Ahí lleva usted razón.

- Bueno señor, dígame por qué llora, no es normal ver a alguien como usted en un estado como éste.

- No soy ningún señor ni nada por el estilo. – Empezaron a caer lágrimas de sus ojos, otra vez. – Si fuera alguien respetable como dice, no le habría sido infiel a mi mujer, se ha enterado y ya no sé dónde está. – Se pasó la manga de su abrigo por los ojos para quitarse las lágrimas.

- Si quiere, podemos salir afuera, dar un paseo y hacer que se relaje un poco. No creo que una taberna sea un buen lugar para desahogarse sin hacer nada productivo.

Salimos los dos de la taberna por la puerta de delante, empezamos a andar por las calles, las cuales se iban oscureciendo más y más al paso del tiempo.

- Nunca pensé qué llegaría a tener que contarle mis problemas a un monje. Es que no soy religioso, no creo en dioses ni nada parecido, sino que cada uno obtiene lo que realmente merece.

- Eso no es algo que me pille por sorpresa, cada vez hay más gente que critica la religión y las creencias de los demás. Pero no hemos venido a hablar sobre eso. Dígame ¿cómo ocurrió todo?- Le dije indicándole con el brazo para girar hacia la derecha a un callejón aún más oscuro.

- Bueno pues verá…

Al llegar al callejón, le agarré el cuello con la mano izquierda, apenas le dio tiempo a pronunciar unas palabras. Cogí la daga y se la clavé entera por la nuez que hay por la garganta. Cuánto más intentaba respirar, más sangraba por la boca. Nada más le saqué el filo del cuello, lo tiré al suelo de espaldas, le rajé la barriga con forma de una hache. Le abrí en canal y le saqué el corazón. Podía notar cómo la sangre chorreaba por mis brazos, le abrí la boca y le metí el órgano en su boca, para que así se coma sus sentimientos de una vez. Le di la vuelta al cuerpo del ser inerte, le rompí las prendas para ir rasgando fuertemente su espalda y dibujarle la ficha. Notaba que la grasa de su cuerpo se iba separando al hacerle la hendidura en la piel con el metal. Mi brazo se cansaba de tener que usar tanta fuerza para partirle la piel. Justo cuando terminé, limpié la hoja en una de las prendas y salí corriendo entre los callejones oscuros de la ciudad hasta llegar a mi hogar. Abrí la puerta y me la encontré dormida, sentada encima de una silla, con los brazos cruzados. Seguramente estaba esperando a que yo llegara, ya que se levantaría y no me encontraría allí. La cogí con mis brazos y la llevé a la cama por segunda vez en esta noche, se despertaba a causa del movimiento y movía un poco los párpados, pero su cansancio podía con ella y se dormía al instante. La arropé con las mantas y me quité toda la ropa, exceptuando la de interior, para descansar. Me acosté a su lado de un pequeño salto, al cubrirme, su mano, de piel suave; se movió lentamente hasta quedar quieta en mi mejilla. En ese instante apagué las velas que iluminaban la habitación y me dormí.


- ¡Joder, Jezuz! ¿¡Qué coño hiciste anoche!? – Me desperté fuertemente y la vi a ella mirando el traje que me puse anoche. – ¿A quién has matado sin yo saberlo?

- Tranquila, mujer. – Le indiqué que se calmara bajando la mano suavemente.- Ayer salí mientras estabas dormida e hice caer a otro peón.

- Eso es otra ¿por qué te fuiste de aquí sabiendo que yo estaba sola en la cama y pudo venir cualquiera y robar? – Reginam estaba histérica, no hacía más que ponerse las manos en la cabeza, como signo de frustración.

- No seas tan dramática, joder. Tampoco ha sido para tanto, además, este barrio es muy seguro, nunca podrían robar.- Yo hablaba con un tono muy calmado intentando tranquilizarla, pero parecía imposible. – Sin contar que esta es mi casa y puedo hacer lo que me apetezca, para ello soy un adulto. Creo que deberías de darme las gracias por haberte curado, en vez de echarme la bronca por haber hecho parte del trabajo que tú no puedes realizar ahora mismo.

- Bueno, ahí llevas razón, pero… Es que me preocupé mucho anoche, creí que había pasado algo grave, ya que no te vi al despertarme. – Agachó la cabeza y se tiró en la cama. – Perdona, de veras. – Me besó en la mejilla y me dio un abrazo.

- Anda, no pasa nada, ha sido un simple sofoco mañanero, total, uno más o uno menos.

Me levanté de la cama, me duché con agua fría para así despertarme totalmente, me hice un desayuno bastante abundante y nos pusimos los dos en el salón.

- Como bien entenderás, no puedes hacer ningún asesinato hasta dentro de un par de días, como mínimo. Pienso que lo mejor será que mate yo por la noche y tú te quedes haciendo las tareas domésticas de la casa por la mañana. – Me miró bastante decepcionada, abriendo parte de su boca. – Pero solamente hasta que te mejores lo suficiente ¿vale?

- Sé qué es duro, pero vale. Intentaré controlarme las ganas de matar cabrones por esta ciudad sin remedio ninguno, excepto la fuerza de voluntad. – Apretó el brazo y el puño tan fuerte que hizo tensión en su hombro y empezó a quejarse un poco del dolor.

- Por cierto, cuéntame cómo acabaste herida anoche.

- Pues verás… Ayer, mientras tú combatías en El Coliseo, yo me fui a la Plaza de la Fuente. Estuve esperando en un banco a que mi objetivo fuera a comprar al puesto de manzanas que hay allí; como cada día. Hice cómo cualquier persona que fuera a comprar manzanas, le dije al oído: “sígueme, tengo algo para ti”. Entonces, él me miró extrañado, no sabía quién era ni lo que le deparaba. Fui andando a un paso rápido, haciendo creer que rezaba, me metí en uno de los huecos que hay por la plaza, le fui a degollar rápidamente, pero me agarró la mano derecha muy fuerte, con su otra mano, empezó a arañarme por todo el cuerpo. Sin saber cómo, le dio la vuelta a mi puñal, lo empujó hacia mí y me lo clavó en el hombro. No pude aguantar mucho más, así que le di un rodillazo enorme en la entrepierna. Ya sí que le pude cortar el cuello. A los pocos segundos de asegurarme de qué estaba bien muerto, le hice la marca en la espalda. Al no poder sostener el peso de su cuerpo, lo oculté tras varios cubos de paja, lo cual me facilitó mucho la huida sin ser descubierta.

- Dios, no sé si lo sabes, pero las claves de la muerte son la discreción y la velocidad, debes aprender mucho todavía, es normal. – Le tomé la mano.- Un último consejo: Nunca dejes que el miedo te coma, jamás se le quitará el hambre. – Me levanté de la mesa y me dispuse a vestirme. – Creo que ya va siendo hora de que me largue, por favor, no cometas muchas locuras hasta que yo vuelva. – Fui para ella, le pasé mi mano por su mejilla, le acaricié el pelo y crucé la puerta.

Iba andando por la calle, todos estaban hablando de lo sucedido ayer, los dos asesinatos. Parecían muy asustados, se notaba mucha tensión en el ambiente. No paraban de ir rápido, las madres agarraban fuertemente a sus hijos, no los dejaban escaparse por nada del mundo. Me acerqué a uno de los puestos que había por la calle.

- Señor ¿cuánto cuesta esta manzana?- Cogí la manzana, la alcé con el brazo para que pudiera verla.

- Pues solamente una moneda de oro, señor. – Me sonrió e hizo un gesto con la cabeza, indicando que no había ningún problema con la venta. – Tenga mucho cuidado señor, no vaya a encontrarse al Vengador Político.

-¿Cómo qué Vengador Político? ¿Qué es eso? – Le fruncí el ceño en señal de no saber nada sobre ese tema.

- ¿No se ha enterado? – Me miró asustado, temiendo por mí por unos momentos. – Ayer hubo dos asesinatos, a dos políticos del partido del rey. Uno de ellos fue a plena luz y otro al caer la noche. Muchos dicen que es la misma persona, que no es una casualidad, dejando una marca de un peón en sus espaldas. – Suspiró de agobio al pensar en las imágenes mentales que le venían a la cabeza. – Sé que estamos mal, pero hacer eso es una salvajada ¿no cree?

- Sinceramente, a decir verdad, no me gustaría saber mucho de cómo actúa esa persona; y más, conociendo la manera de ser del rey. Estoy casi seguro de que empezará a cargarse a toda persona que apoye al Vengador. – Le di la moneda y me fui hacia el Coliseo. – Que tenga un buen día.

<<Con que ahora somos un Vengador ¿eh? Suena bastante interesante que nos llamen así. Solo ha habido dos muertes y ya nos han puesto un alias. Esta sociedad tiene el alma tan muerta, que han visto un pequeño rayo de luz y se han ido directos a atraparlo para poder agrandarlo y salir de esa vida contenida en un hueco tan oscuro como su futuro, asesinando su esperanza>>.

Al llegar al Coliseo, hice lo de siempre, me desnudé, me puse las protecciones, elegí dos hachas pequeñas, un casco formado a base de barras de metal fundidas, con forma de escamas de dragón. Esta vez me pinté dos líneas de pintura negra bajo los ojos, en señal de brutalidad, de que no habría piedad. En el momento en el que abrieron las puertas levadizas, vi lo que se me venía encima.

-Joder, esto no me lo esperaba. – Suspiré muy fuerte casi quedándome sin aliento. – Mi puta madre…

miércoles, 28 de agosto de 2013

Capítulo 2. El dado pincha.


-No te preocupes, voy a iluminar esto un poco- Le dije tocándole la cintura, para que supiera que estaba allí con ella.


Fui hacia delante, noté que ya estaba en la pared, cogí una cuerda, tiré de ella y se abrieron las ventanas. Reginam quedó cegada por el resplandor de luz tan repentino. Llegó a decir algunas palabrotas por el sofoco.


-Joder, Jezuzli, ábrelas más lentamente, o al menos avisa. No es mucho pedir ¿no? -Dijo quejándose mientras tenía su brazo izquierdo tapándole los ojos.


Pude ver cómo todo estaba igual que anoche, desordenado, después de una noche de alcohol para ahogar heridas internas; pues es normal, al menos desde mi punto de vista. Vivir solo trae muchas consecuencias.


-Bueno, voy a hacer la cena, siéntate en el sofá, ve poniendo ese ajedrez que hay ahí, en la mesita al lado de la puerta. - Me fui para la cocina  y ver que hay en la despensa.

Saqué de la despensa un par de tomates, un pimiento y un poco de cebolla. Los partí en trozos muy pequeños, aliñándolo con aceite y sal mientras escuchaba cómo las piezas del tablero se iban poniendo en su lugar. Puse un pez a las piedras calientes y cuando estuvo listo lo serví en una tabla con el picadillo. Al llegar a la salita donde se encontraba ella, vi cómo las fichas estaban todas las figuras estaban bien puestas. Me siento y dejo la tabla de madera con la comida al lado del tablero.

-Reginam, voy a ir al grano. -Le dije con un tono muy serio y ella me miraba con miedo.- Lo primero es que no soy un hombre normal y corriente. No pienso como hace la gente de la ciudad. Yo creo que esto necesita una solución radial. - Aparto cuatro peones blancos y otros cuatro negros. -Lo primero es que sepas que voy a liberar a esta ciudad de la corrupción que sufre por culpa del rey y su Consejo Real. Para ellos vamos a hacer varias muertes. -Me miró boquiabierta, sin dar crédito a lo que oía.

-¿Has dicho “vamos”? Tú estás mal de la cabeza. Yo no voy a participar en eso, paso de morir, así de claro. -No paraba de respirar con fuerza y se estaba hiperventilando.

-Ni siquiera has escuchado mi plan. Además, no tienes nada que perder, y mucho que ganar. Sé mejor que nadie que tú quieres que esto acabe, es más, hoy casi te violan si no llega a ser por mí. -Esta vez está más atenta a mis explicaciones. -Quiero hacerlo como si fueran piezas de Ajedrez: Empezamos matando a ocho consejeros de poca monta. -Toco con la yema de los dedos a los peones que saqué del tablero. -Como puedes ver, son blancos y negros. Esto significa que uno será de noche y otro de día, cuatro días sin descanso; ocho muertes.

-Esto es un poco macabro ¿no crees? Además no tienes tiempo, por la mañana tienes que luchar en El Coliseo. - Me miró con cara de haberme dejado sin recursos y dejando claro que mi plan tenía lagunas.

-Ahí entras tú. -La chica casi se atraganta con la guarnición al oir la frase. -Necesito que mates tú también. Pero las muertes a los peones del bando de la ciudad tienen una característica: necesitan tener una marca en toda la espalda, que dibujes con el cuchillo un peón. Lo mismo pasará con los alfiles, que serán los guardias reales del rey. Los caballos serán dos jinetes importantes en el reino… En eso se van a basar, nuestras tareas esta semana. Si quieres, puedes ir a tu casa, coger tus cosas y quedarte conmigo, podríamos vivir bien juntos. Así nos conoceremos mejor.

-Vale, como quieras, pero una cosa te digo: Yo soy más santa que la ciega del muro. Como intentes algo, date por muerto.

En ese instante, me levanté de la mesa, recogí todo lo que había de por medio y me fui a la terraza de la casa, para relajarme un poco. Me habían pasado demasiadas cosas. Empecé a ver cómo la noche caía sobre la ciudad. El cielo se tiñe de naranja, al igual que caer unas gotas de pintura en un poco de agua.

-Jezuz, despierta, que te has quedado dormido.- Ella empezó a moverme el brazo para que saliera del quinto sueño.- ¿Cómo te has podido quedar dormido en la terraza? Hace mucho ruido fuera, está todo lleno de tabernas y burdeles, yo con este estruendo no podría en mi vida. -Me dijo riéndose todavía por haberme visto dormido.

-Joder, estaba muy cansado y esta silla es muy cómoda, no es para tanto ¿eh?- Le dije mirándola con cara de estar tomándole el pelo.- Por cierto ¿qué cosas te has traído al final?- No paraba de mirar a las bolsas de paja que habían en la entrada.

-Pues lo típico, ropa, comida, objetos domésticos y cacharros para cocinar. Ya sabes, lo que a ti te hace falta.

-¿Sabes cocinar? Es que a mí nunca se me dió bien hacer nada en la cocina, siempre quemaba la carne o se me pasaban los guisos. Por eso mismo me voy a cenar siempre a las tabernas de debajo de mi casa a cenar.

-No te preocupes por ello, si quieres cocino yo.

Me levanté de la silla, cogí una de las bolsas que había en la entrada, las puse en la cocina y empecé a guardar todo lo que tenía en su interior. Al mismo tiempo, ella estaba ordenando mis muebles para que así ella pueda guardar sus prendas.

-Bueno, Reginam, creo que te ha quedado claro que debes matar a uno de los consejeros en su casa, mientras yo estoy en el Coliseo, le haces la marca y sales corriendo para casa, sin que nadie te vea. Para salir desapercibido, usa el traje de monje que está ahí, tras la puerta, el blanco.

-Jezuz, estoy demasiado cansada hoy. Buenas noches.

-Hasta mañana, anda. Duerme bien.

Nos dimos la vuelta los dos, dormimos juntos, mirando a lados opuestos, pegando nalgas con nalgas. Yo no sabía si era por la calor o por todo lo ocurrido hoy.

<<No sé cómo vamos a seguir hacia delante con este plan. Es demasiado peligroso para dos personas, nunca nadie le ha plantado cara al rey de tal manera, y los que lo han intentado han caído antes de poder dar noticia sobre ello. Nunca me imaginé que esto fuera a resultarme tan difícil. Además tengo mucho riesgo de morir cada día por el hecho de que lucho en la arena a vida o muerte. Hoy mismo casi muero contra ese bicharraco sin cabeza. ¿Quién me dice que yo voy a salir vivo de ahí? Creo que va siendo hora de dormirme, comerme la cabeza solo puede darme más dudas y por ello, más miedo para dejar esto>>.

Ya era de día, el maldito gallo del vecino me despertó, como siempre. Me di la vuelta y ella no estaba en la cama. Me pude imaginar que se fue ya a hacer el asesinato, pero escuché el sonido metálico de los cacharros en la cocina. Fue dirigirme a la cocina y encontrármela haciendo unos huevos revueltos.

-Buenos días, dormilón.

-¿Dormilón?¿Qué hora es?- Le dije frotándome los ojos con los puños para poder ver bien nada más levantarme.- Ah, y buenos días.

-Pues serán ya las ocho, digo yo. Ya hace bastante Sol.

-¿¡Las ocho!? ¡Tengo que estar en El Coliseo en menos de una hora!- No sabía qué hacer, estaba mirando a todas partes.

-Anda, cómete esto, son huevos con una receta casera de mi abuela, te gustarán.

Nos fuimos a la terraza y empezamos a desayunar. La ciudad ya estaba totalmente activa, muchos compraban, otros vendían, otros robaban, lo de siempre en las callejuelas de la ciudad. Al terminar de comer el plato, los fregamos, salimos de casa y nos fuimos cada uno por su lado. Ella disfrazada de monje y yo directo a mi cita con la muerte. Justo en la puerta del Coliseo se podía ver perfectamente un cartel que decía: “Hoy toca un cubo puntiagudo”. Yo no sabía qué era, pero llamó mucho la atención de la gente, la cola por las entradas llegaban hasta tres calles más abajo. Una vez dentro, fue el mismo procedimiento de siempre, cogerme mis armas, un lugar para salir de la arena y listo. Pero esta vez era extraño, había cuatro combatientes además de mí. Me pareció demasiado extraño, pero justo al pensarlo, nos vino un hombre de los que controlaba a los luchadores.

-Hoy toca muerte súbita, o sea, toca el dado. Esto consiste en que sois todos contra todos, y solo puede quedar vivo uno. Las únicas maneras de matar a tus rivales van a ser estampándolo contra la pared del cubo, caer al agua o reventándole la cabeza. Para ello os vamos a dar a cada uno de vosotros una simple maza, algo pequeña, pero rápida. No hay protecciones, no hay escudos, es todo riesgo.

Al oír esas explicaciones, me empezaron a temblar las piernas, no sabía qué hoy pudiera haber tanto riesgo de muerte. Justo al coger la maza, me llevaron a un pasillo, el cual terminaba en una puerta levadiza de hierro. Se escuchaban los gritos de la gente, todos gritaban “el dado, mata con el dado”. Yo todavía no sabía que se me avecinaba. Se empezaron a abrir las puertas, todas al unísono. En el momento en el que ví el cubo, me quedé helado.

Era un cubo de piedra de más de cuatro metros de alto, unos tres de ancho y otros tres de grosor. En cada lateral tenía una gran cantidad de pinchos enormes, puntiagudos y negros. Había un trecho de suelo entre el cubo y un foso artificial que hicieron, obligatoriamente teníamos que ir a ese lugar. Cruzamos un puente, al pisar el suelo, nos lo quitaron, ya no teníamos escapatoria. Sonó una bocina y todos se volvieron locos.

Al momento, miré a mi derecha y me encontré a un hombre de piel negra viniendo rápidamente hacia mí. No frenaba y tenía alzada la maza. Justo al lanzarme la maza, me agaché y le golpeé la pierna, fue un golpe limpio, noté cómo su pierna se rompía sonando un “CRACK”. Mientras caía al suelo se podía ver que su cara iba cambiando mediante notaba el dolor cada vez más intenso. Al estar tumbado, muriéndose de dolor, con gritos que resonaron en todo el escenario, cogí mi maza, salté y la hundí en sus sesos. Su sangre salpicó en mi cara, empezó a caer por el suelo, tiñendo de rojo el agua. Para que no estorbara, le pegué una patada y cayó al río. Escuché cómo las gradas volvían a rugir, seguramente cayó otro. Rompí un pincho de la pared con la maza del negro, conseguí tener un pincho y una maza en las dos manos. Me quedé escondido en una esquina del cuadrilátero, así podía saber si me venía alguno por el lateral. En efecto, no me equivocaba, me vinieron los dos, cada uno por un lado.

<<¿Qué cojones hago ahora? No tengo escapatoria, me van a matar, joder…>>.

Justo cuando los dos luchadores estaban a un metro escaso de mí, me subí encima del cubo, en la parte superior. Al no tener pinchos, me libré de una muerte segura. Fue levantarme para cubrirme y ver cómo uno de los luchadores, el de la piel más oscura, acababa clavado en la pared con la cabeza en un pincho. Se veía cómo su cabeza se partió en dos y sus ojos quedaban colgados. La sangre fue el tinte principal para esa cara de la pared. Todo su cuerpo estaba clavado, no podría moverse incluso si aún siguiera con vida. El otro luchador me esperaba, yo seguía quedándome quieto allí arriba. Al ver que yo no me movía de arriba del cubo, empezó a subir. En ese instante, cogí el pincho que tenía en la mano y se lo introduje por la boca con tal brutalidad que atravesó su garganta. Cayó de espaldas, directo al suelo, con el golpe se le cayó el pincho de la garganta. No se podía mover, solo gritaba, y cuanto más lo hacía, más sangraba. Al cabo de los segundos se estaba ahogando en tu propia sangre, antes de morir, me bajé del cubo y con la maza, le rompí el cuello en mis pedazos, creando una cara de dolor a todos los que vinieron a ver el espectáculo. Quedando yo como el único luchador con vida y como el ganador de esta arena.

Al salir, iba por las calles como si estuviera inconsciente, entré en una tienda de cosas antiguas, allí vi una pequeña ficha de madera, era un rey, la ficha de ajedrez. Valía solo una moneda de oro, así que me la compré, seguramente la tendría para decoración, pero yo mismo le daría un mejor uso; más adelante. Al salir, vi un alboroto en la Plaza de la Fuente, mucha gente gritaba y se veían venir a los guardias reales. Al acercarme más, vi que era uno de los ayudantes del Rey más famosos de la ciudad, muerto y boca abajo, su espalda estaba ensangrentada por una marca hecha con un cuchillo con la forma de un peón. Entonces, caí en que ella hizo bien su trabajo.

Me fui de allí para no salir herido, ya que siempre que hay un antecedente como este, la guardia empieza a pegar a las multitudes con tal de abusar, con la excusa de decir que eran sospechosos. Al llegar a casa, vi que en el baño había sangre, por el susto, fui allí inmediatamente. Vi que era sangre que goteaba la daga. Reginam estaba sentada en el cesto de la ropa, respirando fuerte, como si hubiera hecho mucho ejercicio. Al darse cuenta de que yo estaba a su lado, me miró.

-Jezuzli, uno muerto, peón fuera.- me sonrió con una curva de oreja a oreja.

jueves, 22 de agosto de 2013

Capítulo 1- Primer Movimiento

Sopla un viento fresco sobre la cálida ciudad de Másingber. Dividida en sus cuatros sectores (Los Caídos, La Devastación, Los Ghuri y La Ciudadela), saca toda la arena de su terreno tras una tormenta de tres días y dos noches. Desde la Torre del Reloj puedo ver cada rincón, cada callejuela de esta ciudad, mientras, sentado en el borde de esta barandilla, noto como mis pies llenos de heridas sangran lentamente, dejando caer las gotas de sangre a más de cien metros de altura. La brisa acaricia los ropajes tendidos en las azoteas de los edificios más altos.


Me pongo a meditar sobre si debo tirarme o no al suelo y, finalmente morir. Si total, no tengo familia, me echaron del trabajo a causa de la invención de las nuevas máquinas, el rey de la ciudad nos roba todo el dinero, los soldados que vigilan las calles hacen lo que les conviene, asesinan por la noche sin pudor alguno, incluyendo a mi familia...

¿Queréis saber cómo ha acabado todo así? Todo empezó hace un par de meses...
Iba por el mercado comprando frutas y carne para cenar, cuando de repente vi a una chica huyendo de dos soldados reales. Ella se metió en una callejuela estrecha y sin salida. Al ver que los dos hombres intentaban violarla, solté las bolsas y salí corriendo con espada en mano hacia el callejón. Al llegar allí, cogí a uno de los violadores por la espalda y le rajé el cuello, acto seguido; empecé a dar espadazos contra el otro soldado, que también desenvainó su espada. Al cabo de unos golpes, conseguí que su espada cayera, al estar indefenso, se arrodilló pidiendo clemencia, no hacía otra cosa que estar mirándome a los ojos y llorando por su vida. Pensé unos segundos, le agarré la cabeza y apretando con los pulgares en sus ojos, le dejé ciego. Así no podría identificarme jamás. Me levanté hiperventilado, viéndome las manos llenas de sangre. «Joder, que lo he matado. Le he quitado la vida. Sé que era por salvar a la chica, pero me he jodido la vida y estas cadenas las arrastraré en mi conciencia hasta mi muerte.» Le vi a ella, estaba pálida y nos me miraba boquiabierta. Reaccioné rápido, la cogí de la mano y salimos a correr antes de que la gente nos acorralara. Ella se dejaba guiar, no sabía nada de mí y le salvé de una violación, creo que jamás me podría poner en su lugar. No sabíamos a dónde ir, la gente de la calle nos miraba raro. Me metí por un callejón muy largo, al fondo podía ver la puerta del Coliseo. «Podemos meternos allí y ver el espectáculo. Nadie nos encontrará y pueden pasar horas hasta que acabe. Además me puedo lavar las manos y así quitarme la sangre.»

Entramos en El Coliseo por la puerta principal, subimos rápido por unas escaleras que habían a mano derecha, de la presión y los nervios me tropiezo en un escalón y caigo de cara. Me levanté rápido y nos metimos en los aseos. Empiezo a lavarme las manos con el agua y mucho jabón, me frotaba tan fuerte que me dolían las manos. La chica estaba vigilando la puerta para que nadie entrara y me viera que estaba quitándome la sangre.

Al ver que ya no tenía manchas en las manos, cogí agua con las dos manos para mojarme la cara y así aliviarme un poco y estar relajado. Limpié mi espada, la envainé y nos fuimos a las gradas. Todo aquello estaba rodeado de guardias, mirando por todos los rincones para ver si me encontraban y así, asesinarme.

«Yo así no puedo seguir, tarde o temprano me van a pillar y me matarán. Creo que lo mejor será inscribirme en el torneo. Allí no me encontrarán y si sobrevivo ganaré dos mil monedas de oro. Pero si pierdo, moriré en la arena... Total, he quitado dos vidas y ellos me quitarán la mía, es un precio "justo"».

Bajé las escaleras de nuevo, en la entrada me dirigí a recepción y me metí en el combate con el nombre de 'Torreta', por mis dos torres tatuadas a los hombros. Las cuales representan la fuerza y rigidez que hay que tener en la vida, aunque siempre te den golpes, seguir en pie. Entré en los vestuarios y dejé a la chica sin nombre en las gradas. «¿Se habrá largado o se ha quedado conmigo?» Mientras me armaba con los protectores básicos que te dejaban para el combate, miraba atento a las armas; viendo cuál vendría mejor para mí. Había una lanza de madera robusta y un filo hecho de metal oscuro junto con un escudo hecho de madera y con clavos puntiagudos sobresaliendo la punta para clavárselas al enemigo. Yo sabiendo que soy una persona de brazos bastante robustos, me cogí esa arma junto con el escudo.

Esperaba impaciente mientras escuchaba los gritos desgarradores de las víctimas de los combates que estaban antes del mío, los cuales eran camuflados por la bulla de los espectadores del espectáculo. Al lado mía había un combatiente blanquito, me miraba asustado y sudando, con su mirada decía "por favor sácame de aquí, no quiero morir". Tenía un tatuaje en la mejilla izquierda, era una guadaña, marca de esclavo. Seguramente su amo le obligaría a luchar, por simple diversión o para ganar dinero en las apuestas. Me quedaba mirándole de arriba a abajo cuando una niña chica con ropa muy sucia me coge el brazo.

- Torreta, te toca combatir en el campo de batalla.- Me dijo mientras miraba al chico blanquito que estaba a mi lado.- Tú, Nieve, te toca combatir contra él, salid ya.

De repente, se me dispara la adrenalina y me pongo muy nervioso, ando hacia la puerta de hierro, se abrió de par en par y me deslumbró totalmente. Al salir, vi a toda la gente gritando, con ganas de ver correr la sangre y rodar cabezas. El escenario había cambiado, en vez de ser simple arena, pusieron muros de paja, tal cantidad que lo convirtieron en un laberinto con dos entradas. Cada uno en una, nos disponemos a entrar. Estaba yendo un poco agachado y andando silenciosamente, por si acaso él estaba cerca mía. Notaba en el suelo sus pisadas fuertes, como si estuviera furioso. Al girar el último cruce, entré en una especie de recuadro, mucho más grande que los pasillos del laberinto. Al otro lado estaba él, sujetando dos espadas, una en cada mano. Se le notaba en la mirada que le comía la maldad por dentro. Vino corriendo hacia a mí alzando el brazo izquierdo a darme, como si quisiera partirme en dos. Le paré con el escudo de milagro. No paraba de atacar, y yo sabiendo que el escudo no iba a resistir mucho más, decidí girar el escudo en el momento que dé el golpe. Se le cayó una espada, se quedó sorprendido. En el momento que él dudaba, lo aproveché para clavarle el escudo en el brazo que sostenía la otra espada para que lo soltara y así desangrarle. Noté como le reventé los huesos y sus músculos se desgarraban. Agarré fuerte la lanza y se la clavé por la entrepierna, impulsándola hasta atravesarle los pulmones y que saliera por la boca. Lo empalé, literalmente.

Cayó directo al suelo, estaba muerto y tieso. Gané el combate. Al momento escuché rugir a todas las gradas, mirase por donde mirase, había alguien con una cara de no poder creerse la bestialidad que yo acababa de hacer.Tiré el escudo al suelo, alzo los brazos en señal de victoria y vi que todos me deseaban, era algo nuevo para ellos. Entré en el vestuario, me eché un jarrón de agua por mi cuerpo, me quité los ropajes de lucha empapados y me puse la ropa normal que llevaba. Salgo para recoger el dinero y me encontré de nuevo a la chica.

- Muchas gracias por salvarme antes, no sé qué habría hecho sin ti. Me llamo Reginam. - Me dijo mientras me abrazaba casi llorando.

- Lo que hice yo, pudo haberlo hecho cualquiera, no te preocupes. Todos sabemos que esta ciudad es corrupta. Yo me llamo Jezuzli, antiguo asesino a sueldo. - Me cierro de brazos mientras esbozo una sonrisa picarona. - Vente si quieres a mi casa y vemos qué hacemos ahora, habrá que avisar a tu familia ¿no crees?

-Bueno, respecto a eso... -Reginam se miraba los pies muy entristecida. - Mis padres fueron asesinados por orden del rey, y bueno, mi hermano desapareció una noche que se peleó contra mi padre por llegar borracho a casa. Desde entonces no le he vuelto a ver.

-Oh Dios mío, no sabes cuánto lo siento, de veras. Yo me crié solo en la calle, sé cómo te sientes al estar sola en este mundo.- Le dije mientras meditaba sobre cómo llevar esto hacia delante. - Si quieres, puedes venirte a mi casa, no está muy lejos y podremos resguardarnos allí hasta que se calme el ambiente - le tendí la mano, la agarró algo extrañada por la proposición tan directa.

Empezamos a andar por la calle de los mercaderes, cerca de La Plaza Mayor. Todo el mundo me miraba al tener una bolsa de tela en la mano llena de monedas que resonaban muchísimo. Me fijé en un puesto pequeño, no se veía mucho, pero era muy peculiar. Era de una madera muy oscura y brillante. Su toldo era de un naranja muy fuerte y en la mesa no había otra cosa que armas de filo cortante, o sea, espadas. El dueño de la tienda era un hombre viejo, cara bastante arrugada y ciego de un ojo, tapado con un parche. Su pelo era negro, largo, ondulado y le llegaba un poco más bajo de los hombros. Tenía una sonrisa graciosa en la cual se podía ver reflejados sus tres dientes de oro. Sin duda, parece un pirata, además llevaba un parche en el ojo derecho. En el mostrador había gran cantidad de cuchillos, espadas, arcos, ballestas y hachas. En la pared del puesto se ve un arma de fuego; no tiene pinta de ser muy potente pero sí muy fácil de ocultar era más pequeña que mi propia mano.

-Buenas chico ¿te interesa algo?- Me dijo mirando mis ropajes y luego a la chica mientras sonreía pícaramente.

-Pues la verdad es que sí, buscaba algo pequeño, muy manejable, que no se viera mucho. Vaya para llevarlo oculto.

-Pues no se preocupe señor, tengo lo que busca.- Justo al momento de decírmelo, se agacha para buscar algo. De repente me saca una caja de madera pintada de negro con un pequeño candado dorado en medio.-Esta daga te va encantar, es justo lo que buscas, la Venator Córdibus.

Al abrir el candado con una llave pequeña, se veía algo que brillaba en la oscuridad de la caja. Era una daga con un metal bastante rojizo, tenía una hoja tan fina que podría cortar en dos un brazo de un solo tajo. Su empuñadura era un cilindro cubierto por una gran cantidad de tiras de cuero que forman muchas trenzas enlazadas entre sí, terminando en una bola que las une todas, dejando caer las tiras con total libertad.

-Dios, es una daga perfecta, todo tal y como lo buscaba. Quería pedirte una cosa si no es mucha molestia. -Le dije con un tono un poco tristón, necesitado y a la vez muy interesado; como si fuera una necesidad.

-Dígame, pero si es sobre el dinero, puede ir olvidándolo. Su precio son cuatrocientas piezas de oro, ni una más, ni una menos.

-No se preocupe señor, no va por el tema económico. Es simplemente si podría hacerme una inscripción en la hoja. -MIrándole atentamente, rindió y aceptó.

-Pues claro, pero serán cien pieza más. Pero ¿qué quieres inscribir?- Me dijo mirando extrañado.- Es que nadie me ha pedido algo así, hasta ahora.

-Quiero que me inscribas “catur berdarah” en la hoja. Solo eso.
Al inscribir la frase en la hoja, me dispuse a sacar el dinero. Las monedas cayeron rebotando contra la mesa, provocando una multitud de sonidos metálicos. El dependiente estaba quedándose loco de la cantidad de monedas que había. La gente de la calle miraba atentamente mientras cuchicheaban a escondidas.

Fue coger la caja con la daga en una bolsa y seguir andando con Reginam.

-¿Para qué has comprado eso? -Me miraba asustada sin saber cómo reaccionar ante ello.

-Yo sé qué estoy haciendo, no te preocupes, de veras. -Le agarré del hombro para que viera que entablo más confianza con ella y que no hay ningún problema.

-Pero es que tengo miedo, a lo mejor nos pueden perseguir los guardias y podemos morir. Quiero llegar a tu casa cuanto antes, por favor te lo pido. -Me cogió la mano de una manera muy fuerte, como si fuera una niña asustada en busca de su madre, su camino que seguir.

Fuimos recto por la calle, a un paso algo más acelerado, cruzando a la gente mientras esquivamos a los carros de mercancía que se ponían en medio de la calle. Al final, pasamos por la calle de los artesanos. Todo estaba repleto de talleres, miles de carteles de madera en las puertas con todas las ofertas, variedad de productos y sus respectivos precios. Todo parecía tranquilo, hasta que vimos un guardia correr hacia nosotros, no nos podíamos mover. La cara de Reginam se volvió blanca de repente, empezó a sudar. Me apretó tan fuertemente la mano que empecé a notar cómo me crujían los dedos sin cesar. Cuando estuvo delante nuestra, se paró en seco.

-Chicos, tened mucho cuidado por el barrio. Al parecer hay dos asesinos sueltos, un chico y una chica, han matado a unos guardias hace unas horas. Vigilad vuestras espaldas. -Su tono era muy serio, dejando claro que no era ninguna broma de lo cual estaba hablando.

<<Me cuesta creer que nos hayamos salvado de esta manera. Pero si nos habían visto la cara la mitad de la gente que andaba por allí, esto es demasiado raro, no me puedo creer que tenga tanta suerte>>.

Estas calles siempre me dieron mala espina, parece que te vas a caer con alguna piedra y los huérfanos aprovecharán para robarte lo que tengas encima, incluso los zapatos. Al final de las calle, cuando llegamos, había un pobre tullido pidiendo limosna, obviamente le dí una moneda. Al caer, él sonrió. Cruzamos la Plaza de la Fuente, su nombre es obvio, hay una fuente con un la Torre del Reloj en miniatura atravesando un corazón, que significa que nadie en la ciudad merece estar contigo, que estás mejor muerto. La razón de esa fuente fue por una leyenda muy antigua en la cual, el protagonista es un timador de familias ricas, hasta que una vez fue a una casa humilde, engañó de tal manera a esa familia, prometiendo un puesto de trabajo en la futura fábrica del timador, que se gastaron todos los ahorros de su vida en la inversión de dicha fábrica; que acabaron todos en la calle. La ciudad entera buscaba al timador, él se escondió en la torre hasta que le pillaron y le empalaron en ella.

Nos dirigimos a una puerta de madera robusta, de color verde. Saco las llaves del bolsillo, abro la cerradura y entramos. Está muy oscuro y apenas se ve.